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Muchos dueños culparon de la cancelación de la carrera a esta advertencia y afirmaron que los activistas no comprendían la diversión que involucra la actividad, ni a sus perros. Ashley Reinhart también afirmó que era ilógico cancelar la carrera.

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The geometry and kinematics of fracturing which affect the El Berroal granite are shown in this paper. The kinematics of Late-Hercynian fractures is consistent with the development of an extension dilation zone off-set between the Meridional of Central System and Navamorcuente major faults, in a continued right-lateral shearing, accompanying E-W shortening in prolonged transpression. An statistical analysis of joints have been carried out.

Joint spacing and aperture were also measured in profiles around the El Berrocal Test Site showing that joints may be grouped in three groups with orientations following Fisher distributions. Joint spacing shows fractal behaviour with a significant superimposed ramdon element negative-exponential distribution which is at present being evaluated. Finally, fracture trace mapping and detected fracture zones in boreholes from TLV data have been geometrically correlated and utilized to asses fracture connectivity.

Connected networks of fractures have been obtained, which is a support fort further hydraulic tests carried out in the Porject. Author 53 refs. Full Text Available Many American communities place a high priority on retaining and attracting innovative industries. However, in most American metropolitan areas, the responsibility for local economic development is fragmented along jurisdictional and institutional lines.

The result of this fragmentation is that local economic development is often chaotic with no one individual, agency, or jurisdiction in control, which may inhibit the effectiveness of local economic development efforts. To address these challenges and more effectively utilize resources, there has been greater emphasis recently on regional collaboration in local economic development. The purpose of this paper is to measure the extent of collaboration among local economic development professionals in the Toledo , Ohio Metropolitan Statistical Area and to identify the extent to which these interactions constitute a social network.

We believe that the existence of a strong social network among economic development professionals is critical to overcome some of the negative effects of jurisdictional and institutional fragmentation. While there is a core network of relatively dense collaboration in northwest Ohio, that network does not span the entire metropolitan area.

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Multiple regression analyses were conducted to determine whether parent awareness of VERB was a significant predictor of seven factors that related to parental attitudes, beliefs, and supportive behaviors for tweens’ physical activity using the Youth Media Campaign Longitudinal Survey YMCLS.

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Advertising directed at tweens through paid television, radio, print, Internet, and schools was the primary VERB intervention; tween advertising could have been also seen by parents. Messages directed at parents encouraging their support of tweens’ physical activity were delivered in English through mainly print and radio. In-language messages for Latino and Asian audiences were delivered through print, radio, television, and at events. Parents’ awareness of VERB; parents’ attitudes, beliefs, and support for their tweens’ physical activities. Parents reported that their main source of awareness was television, the main channel used to reach tweens.

Awareness of VERB was predictive of positive attitudes about physical activity for all children, belief in the importance of physical activity for their own child, and the number of days parents were physically active with their child. Parents’ awareness of VERB was associated with positive attitudes, beliefs, and behavior. Parents’ awareness probably resulted from a combination of messages directed to parents and tweens.

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Results allow us to establish three stages related with the evolution of sedimentary environments, where bentonite deposits middle stage are at the boundary between lacustrine lower stage and distal alluvial facies upper stage. Lower stage: Regressive mud flat deposits with paleopedogenic features, made up of green clays facies with variable detrital content and hydromorphic mottling at topo Clay mineralogy association: Smectite tri-dioctahedral-illite- kaolinite.

Middle stage: Transitional stage of shallow flooding with variable development of paleopedogenic features. The facies association is made up of saponitic brown clays with several textures massive, fissile-Iaminated, brecciated and occasional carbonates as calcite ooids or dolomite nodules. Clay mineralogy association: Smectite trioctahedral-illite-sepiolite- kaolinite. Upper stage: Progradation of distal alluvial fan deposits. The facies association is made up by reddish to brownish mudstones often with bioturbation features and hydromorphic mottling, with sporadic sandy inserts.

Clay mineralogy association: Smectite tri-dioctahedral- illite-sepiolite- kaolinite-chlorite. Illite, dioctahedral smectite, kaolinite and chlorite are interpreted as inherited clay minerals, whilst saponite and sepiolite are of authigenic origino Saponite origin is early diagenetic both by dioctahedral smectite transformation and neoformation, being an inhomogeneous genetic process so that the purest bentonite is located far away from distal alluvial progradation where the flooding is longer in time.

From a genetic point of view, sepiolite is later than trioctahedral smectite sometimes being in short fibers on saponite sheets, at others in longer fibers as a cement, both cases related to salinity-alkalinity changes in the. Full Text Available Leisure or business? Is it the hunt a really profitable activity? If it is like that, who are the biggest beneficiaries? How it has influenced in the most disadvantaged rural zones? The Mounts of Toledo , due to its excellent natural resources for the hunting and to the crisis of the agrarian traditional utilizations, constitute an area where the major hunt is the most adapted use to contribute to the biological balance with a rational management.

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The aim of the present study was to evaluate the contribution of parenting style and temperament in years old children on both academic performance and school adjustment skills. Our hypothesis was that not only parenting style is crucial to academic performance and school adjustment, but also temperament plays an important role in them. We used a Parenting Guide line questionnaire to evaluate parenting style, Early Adolescence Temperament Questionnaire-R to evaluate temperament; Health Resources Inventory to assess children’s school adjustment, and academic grades, as indicator of academic performance.

We were interested in testing whether or not the effect of parenting style on academic performance and school adjustment was mediated by temperament. We found that emotional and behavioral regulation mediates the relation between parenting and academic performance. These findings inform of the relevance of child’s temperament on school success. Implications for education are discussed with emphasis on the importance of understanding students’ temperament to promote school adjustment and good academic performance.

Refugiados y evacuados de la provincia de Toledo al comienzo de la guerra civil Empezaba el drama de los refugiados. From the begining of the civil war, forced movements of populations took place witnessing the avance of the army detachments. As it already happened in Andalucia and Extremadura, the successive defeats suffered by the recuplican army in the northern regions of the province of Toledo caused other mass movements of civilians towards Madrid as the main destination. It was just the beggining of the refugees tragedy.

The writer highiights one unusual case, at least compared to the rest, which deals with a couple of collective rapes commited in , by unmarried youths in the Toledan village of La Estrella, in the territory of Talavera de la Reina, in order to reflect upon the use of sexual violence and the forms of sociability and amusement employed by young people in rural Spain from the 16th to the 18th centuries. Focus: Spain. Historically, Spain ‘s nuclear program has had its share of successes and challenges.

The country currently operates nine nuclear reactors totalling over 7, MWe of capacity and accounting for more than a third of Spain ‘s electricity generation. Yet four reactors at advanced stages of construction remain mothballed due to a government-imposed moratorium, and a fire at one reactor in led to its premature closure and to a revival of anti-nuclear sentiment in the country. In the new national energy plan, Spain opted to continue the moratorium and rely upon conservation measures, additional natural gas imports, and electricity imports to meet expected demand.

The current nuclear facilities will continue to operate, and the government will continue to pursue advanced reactor research, and expansion of the country’s domestic uranium industry. Spain ‘s integration into the European Community also is affecting the country’s energy plans, prompting consolidation within the Spanish electricity sector in order to be more competitive in Europe. New lipid family that forms inverted cubic phases in equilibrium with excess water: molecular structure-aqueous phase structure relationship for lipids with 5, 9,13 ,tetramethyloctadecyl and 5, 9,13 ,tetramethyloctadecanoyl chains.

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La Voz de la
Conseja

Selecciуn
de las mejores novelas breves y cuentos de
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Recopilaciуn hecha
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E m i l i o C a r r и r e

Firmas del tomo primero

Galdуs.—Benavente.—Condesa de Pardo
Bazбn.—Unamuno.—Palacio
Valdйs.—Rubйn Darнo.—Baroja.—Dicenta.—Ricardo
Leуn.—Nogales.—Rйpide.—Arturo
Reyes y Pedro Mata.

INDICE

BENITO PЙREZ GALDУS
La novela en el tranvнa 17
JACINTO BENAVENTE
El criado de Don Juan 59
CONDESA DE PARDO BAZБN
Viernes Santo 77
MIGUEL DE UNAMUNO
El sencillo Don Rafael 99
ARMANDO PALACIO-VALDЙS
ЎSolo! 111
RUBЙN DARНO
El Rey burguйs 137
PНO BAROJA
Elizabide el Vagabundo 149
JOAQUНN DICENTA
La epopeya de una zнngara 165
RICARDO LEУN
Los tres reyes de Oriente 175
JOSЙ NOGALES
Las tres cosas del tнo Juan 187
PEDRO DE RЙPIDE
La enamorada indiscreta 203
ARTURO REYES
Cosas de hombre 249
PEDRO MATA
Fuerte como la muerte 261

AL EMPEZAR

La Casa editorial V. H. de Sanz Calleja me encarga esta Antologнa de cuentistas de habla castellana. No es tarea tan humilde la del seleccionador, pues hace falta un exquisito sentido estйtico para poder elegir lo mejor en la maravillosa labor literaria de los altos ingenios que honran estas pбginas de LA VOZ DE LA CONSEJA.

Yo creo que esta colecciуn de cuentos tiene un gran valor bibliogrбfico; es un documento brillante de este nuevo siglo de oro de la novela espaсola, que comienza con el nombre glorioso de don Benito Pйrez Galdуs. En estas hojas estб el gran espнritu de una йpoca noble, fecunda, preсada de ideal artнstico, encerrado como en un tabernбculo. Y tambiйn me parece que la publicaciуn de LA VOZ DE LA CONSEJA es una prueba de amor al libro espaсol, un acicate para la curiosidad del lector indolente y un selecto regalo para el espнritu del lector culto.

No osarй jamбs hacer una reseсa crнtica de los nombres insignes que en este primer tomo os ofrecen gallardas muestras de su talento; sуlo quiero decir sus nombres y los tнtulos de sus cuentos, para deleitarme al recordar el encantador, sano e ingenuo humorismo de Galdуs en La novela en el tranvнa; las prosas madrigalescas, hondas y miniadas de Benavente en El criado de Don Juan y la recia y sabrosa urdimbre novelesca, palpitante de rebeldнa, de amor y de dolor de Viernes Santo, de la condesa de Pardo Bazбn. Palacio Valdйs, el maestro solitario, os ofrece su novela ЎSolo!, digna de la pluma egregia que trazу La aldea perdida. Todas las palabras de elogio son pobres para este coloso de la novela contemporбnea. El sencillo Don Rafael, cazador y tresillista es una conmovedora y grбcil narraciуn de Unamuno, el espнritu mбs hondo, mбs multiforme, el corazуn mбs en carne viva de esta йpoca de inquietudes de conciencia y de lucha desesperada por la vida y por las ideas. Burla burlando, El sencillo Don Rafael es de una emociуn que hace llorar y a un tiempo ofrece un alto ejemplo de belleza moral dentro de una naturalidad encantadora.

Josй Nogales, el castellano artнfice de la prosa, nos brinda Las tres cosas del tнo Juan, el cuento a que debiу su consagraciуn. Arturo Reyes fuй un gran cuentista regional, como lo prueba en Cosas de hombre, lleno de gracejo, de ambiente, dueсo de la dificilнsima tйcnica del arte del cuento. Como gratitud a la honda emociуn estйtica que nos dieron, pongamos un recuerdo, como una hoja de laurel, sobre la piedra de estos dos ilustres cuentistas, muertos ya.

La epopeya de una zнngara, de Joaquнn Dicenta, es un jirуn de realidad salvaje, ensangrentada, aullante de dolor. Es de lo mбs personal de este insigne dramaturgo espaсol, todo pasiуn y violencia, que hoy, dнa 21 de Febrero, estб encerrado entre las cuatro tablas hуrridas de un ataъd. ЎTaladrante coincidencia! Cuando me dispongo a hacer esta frнvola reseсa, los periуdicos dicen la muerte del autor de Juan Josй. Fuй un gran corazуn y un temperamento ъnico, insuperable de artista. La epopeya de una zнngara refleja fielmente el rico carбcter emocional de este escritor.

El artista de la crуnica, Pedro de Rйpide, nos regala con su novela La enamorada indiscreta, escrita donosamente y con toda pureza a la manera clбsica de la novela del siglo бureo.

Pedro Mata, en Fuerte como la muerte, traza una irуnica elegнa henchida de emociуn dramбtica.

El prestigio de estos nombres y de los de Baroja y Leуn nos hace esperar que LA VOZ DE LA CONSEJA sea un gran йxito editorial. En los volъmenes sucesivos seguiremos publicando cuentos y novelas breves de lo mбs florido de la intelectualidad espaсola.

Todas las orientaciones, todos los estilos, como guнa del lector quedarбn grabados en estas pбginas. Segъn sus afinidades, el que lea, buscarб despuйs las obras completas de sus autores predilectos, La Casa editorial Sanz Calleja ama el libro y cuida de su presentaciуn con el mayor gusto artнstico; no es sуlo el estнmulo comercial el que la guнa; acomete la empresa romбntica de hacer lectores y de hacer libreros amantes del libro espaсol. Los libros de grandes firmas, de bella presentaciуn y muy baratos tendrбn millares de lectores que acudirбn al mostrador del librero, y йste saldrб de su йxtasis de fakir, y al par que gana dinero aprenderб a tomar cariсo al libro. Hay que hacer la reconquista espiritual de Amйrica: antaсo fueron los capitanes, ogaсo son los mercaderes de libros.

Hemos creнdo, juntamente editores y recopilador , que LA VOZ DE LA CONSEJA era un libro indispensable en esta labor de bibliofilia. Ademбs, hasta hoy no habнa una colecciуn con honores de Antologнa de los cuentistas castellanos modernos. Recuerdo unos trozos escogidos para lectura en las escuelas de pбrvulos, que acababa en Jovellanos y Martнnez de la Rosa. Del siglo XIX no se habнa editado nada, que yo recuerde, hasta LA VOZ DE LA CONSEJA, mientras que en Francia hay por lo menos diez florilegios por cada generaciуn literaria.

En estas pбginas daremos acogida, no sуlo a los cuentistas espaсoles, sino tambiйn a los hermanos en lengua cervantina de las Repъblicas latinas de Amйrica. Tan espaсoles son como nosotros por la lengua, que es el espнritu, razуn mбs fuerte esta del idioma que la geogrбfica.

En este primer tomo damos El Rey burguйs, de Rubйn Darнo, uno de los grandes artistasno de Amйrica ni de Espaсa, sino de la Humanidad y de todos los tiempos.

Abramos la primera pбgina de LA VOZ DE LA CONSEJA con el alma despierta a la emociуn del arte y recojбmonos. La voz gloriosa de Galdуs, el patriarca de la novela, comienza a sonar. Devotamente, oid.

La Novela en el Tranvнa.

LA NOVELA EN EL TRANVIA

El coche partнa de la extremidad del barrio de Salamanca, para atravesar todo Madrid en direcciуn al de Pozas. Impulsado por el egoнsta deseo de tomar asiento antes que las demбs personas movidas de iguales intenciones, echй mano a la barra que sustenta la escalera de la imperial, puse el pie en la plataforma y subн; pero en el mismo instante Ўoh previsiуn! tropecй con otro viajero que por el opuesto lado entraba. Le miro y reconozco a mi amigo el Sr. D. Dionisio Cascajares de la Vallina, persona tan inofensiva como discreta, que tuvo en aquella crнtica ocasiуn la bondad de saludarme con un sincero y entusiasta apretуn de manos.

Nuestro inesperado choque no habнa tenido consecuencias de consideraciуn, si se exceptъa la abolladura parcial de cierto sombrero de paja puesto en la extremidad de una cabeza de mujer inglesa, que tras de mi amigo intentaba subir, y que sufriу sin duda por falta de agilidad, el rechazo de su bastуn.

Nos sentamos sin dar al percance exagerada importancia, y empezamos a charlar. El Sr. D. Dionisio Cascajares es un mйdico afamado, aunque no por la profundidad de sus conocimientos patolуgicos, y un hombre de bien, pues jamбs se dijo de йl que fuera inclinado a tomar lo ajeno, ni a matar a sus semejantes por otros medios que por los de su peligrosa y cientнfica profesiуn. Bien puede asegurarse que la amenidad de su trato y el complaciente sistema de no dar a los enfermos otro tratamiento que el que ellos quieren, son causa de la confianza que inspira a multitud de familias de todas jerarquнas, mayormente cuando tambiйn es fama que en su bondad sin lнmites presta servicios ajenos a la ciencia, aunque siempre de нndole rigurosamente honesta.

Nadie sabe como йl sucesos interesantes que no pertenecen al dominio pъblico, ni ninguno tiene en mбs estupendo grado la manнa de preguntar, si bien este vicio de exagerada inquisitividad se compensa en йl por la prontitud con que dice cuanto sabe, sin que los demбs se tomen el trabajo de preguntбrselo. Jъzguese por esto si la compaснa de tan hermoso ejemplar de la ligereza humana serб solicitada por los curiosos y por los lenguaraces.

Este hombre, amigo mнo, como lo es de todo el mundo, era el que sentado iba junto a mн cuando el coche, resbalando suavemente por su calzada de hierro, bajaba la calle de Serrano, deteniйndose alguna vez para llenar los pocos asientos que quedaban ya vacнos. Ibamos tan estrechos que me molestaba grandemente el paquete de libros que conmigo llevaba, y ya le ponнa sobre esta rodilla, ya sobre la otra, ya por fin me resolvн a sentarme sobre йl, temiendo molestar a la seсora inglesa, a quien cupo en suerte colocarse a mi siniestra mano.

—їY usted adуnde va?—me preguntу Cascajares, mirбndome por encima de sus espejuelos azules, lo que me hacнa el efecto de ser examinado por cuatro ojos.

Contestйle evasivamente, y йl, deseando sin duda no perder aquel rato sin hacer alguna ъtil investigaciуn, insistiу en sus preguntas diciendo:

—Y Fulanito, їquй hace? Y Fulanito їdуnde estб? con otras indagatorias del mismo jaez, que tampoco tuvieron respuesta cumplida.

Por ъltimo, viendo cuбn inъtiles eran sus tentativas para pegar la hebra, echу por camino mбs adecuado a su expansivo temperamento y empezу a desembuchar.

—ЎPobre Condesa!—dijo expresando con un movimiento de cabeza y un visaje, su desinteresada compasiуn. Si hubiera seguido mis consejos no se verнa en situaciуn tan crнtica.

—ЎAh! es claro—, contestй maquinalmente, ofreciendo tambiйn el tributo de mi compasiуn a la seсora Condesa.

—ЎFigъrese usted,—prosiguiу,—que se han dejado dominar por aquel hombre! Y aquel hombre llegarб a ser el dueсo de la casa. ЎPobrecilla! Cree que con llorar y lamentarse se remedia todo, y no. Urge tomar una determinaciуn. Porque ese hombre es un infame, le creo capaz de los mayores crнmenes.

—ЎAh! ЎSн es atroz!—dije yo, participando irreflexivamente de su indignaciуn.

—Es como todos los hombres de malos instintos y de baja condiciуn que si se elevan un poco, luego no hay quien los sufra. Bien claro indica su rostro que de allн no puede salir cosa buena.

—Ya lo creo, eso salta a la vista.

—Le explicarй a usted en breves palabras. La Condesa es una mujer excelente, angelical, tan discreta como hermosa, y digna por todos conceptos de mejor suerte. Pero estб casada con un hombre que no comprende el tesoro que posee, y pasa la vida entregado al juego y a toda clase de entretenimientos ilнcitos. Ella entretanto se aburre y llora. їEs extraсo que trate de sofocar su pena divirtiйndose honestamente aquн, y allн, donde quiera que suena un piano? Es mбs, yo mismo se lo aconsejo y le digo: «Seсora, procure usted distraerse, que la vida se acaba. Al fin el seсor Conde se ha de arrepentir de sus locuras y se acabarбn las penas.» Me parece que estoy en lo cierto.

—ЎAh! sin duda—, contestй con oficiosidad, continuando en mis adentros tan indiferente como al principio a las desventuras de la Condesa.

—Pero no es eso lo peor—aсadiу Cascajares, golpeando el suelo con su bastуn—sino que ahora el seсor Conde ha dado en la flor de estar celoso. sн, de cierto joven que se ha tomado a pechos la empresa de distraer a la Condesa.

—El marido tendrб la culpa de que lo consiga.

—Todo eso serнa insignificante, porque la Condesa es la misma virtud; todo eso serнa insignificante, digo, si no existiera un hombre abominable que sospecho ha de causar un desastre en aquella casa.

—їDe veras? їY quiйn es ese hombre?—preguntй con una chispa de curiosidad.

—Un antiguo mayordomo muy querido del Conde, y que se ha propuesto martirizar a la infeliz cuanto sensible seсora. Parece que se ha apoderado de cierto secreto que la compromete, y con esta arma pretende. quй sй yo. ЎEs una infamia!

—Sн que lo es, y ello merece un ejemplar castigo—dije yo, descargando tambiйn el peso de mis iras sobre aquel hombre.

—Pero ella es inocente; ella es un бngel. Pero, Ўcalle! estamos en la Cibeles. Sн; ya veo a la derecha el parque de Buenavista. Mande usted parar, mozo; que no soy de los que hacen la gracia de saltar cuando el coche estб en marcha, para descalabrarse contra los adoquines. Adiуs, mi amigo, adiуs.

Parу el coche y bajу D. Dionisio Cascajares y de la Vallina, despuйs de darme otro apretуn de manos y de causar segundo desperfecto en el sombrero de la dama inglesa, aъn no repuesta del primitivo susto.

Siguiу el уmnibus su marcha y Ўcosa singular! yo a mi vez seguн pensando en la incуgnita Condesa, en su cruel y suspicaz consorte, y sobre todo en el hombre siniestro que, segъn la enйrgica expresiуn del mйdico, a punto estaba de causar un desastre en la casa. Considera, lector, lo que es el humano pensamiento: cuando Cascajares principiу a referirme aquellos sucesos, yo renegaba de su inoportunidad y pesadez, mas poco tardу mi mente en apoderarse de aquel mismo asunto, para darle vueltas de arriba abajo, operaciуn psicolуgica que no deja de ser estimulada por la regular marcha del coche y el sordo y monуtono rumor de sus ruedas, limando el hierro de los carriles.

Pero al fin dejй de pensar en lo que tan poco me interesaba, y recorriendo con la vista el interior del coche, examinй uno por uno a mis compaсeros de viaje. ЎCuбn distintas caras y cuбn diversas expresiones! Unos parecen no inquietarse ni lo mбs mнnimo de los que van a su lado; otros pasan revista al corrillo con impertinente curiosidad; unos estбn alegres, otros tristes, aquel bosteza, el de mбs allб rнe, y a pesar de la brevedad del trayecto, no hay uno que no desee terminarlo pronto. Pues entre los mil fastidios de la existencia, ninguno aventaja al que consiste en estar una docena de personas mirбndose las caras sin decirse palabra, y contбndose recнprocamente sus arrugas, sus lunares, y йste o el otro accidente observado en el rostro o en la ropa.

Es singular este breve conocimiento con personas que no hemos visto y que probablemente no volveremos a ver. Al entrar, ya encontramos a alguien; otros vienen despuйs que estamos allн; unos se marchan, quedбndonos nosotros, y por ъltimo tambiйn nos vamos. Imitaciуn es esto de la vida humana, en que el nacer y el morir son como las entradas y salidas a que me refiero, pues van renovando sin cesar en generaciones de viajeros el pequeсo mundo que allн dentro vive. Entran, salen; nacen, mueren. ЎCuбntos han pasado por aquн antes que nosotros!

ЎCuбntos vendrбn despuйs!

Y para que la semejanza sea mбs completa, tambiйn hay un mundo chico de pasiones en miniatura dentro de aquel cajуn. Muchos van allн que se nos antojan excelentes personas, y nos agrada su aspecto y hasta les vemos salir con disgusto. Otros, por el contrario, nos revientan desde que les echamos la vista encima: les aborrecemos durante diez minutos; examinamos con cierto rencor sus caracteres frenolуgicos y sentimos verdadero gozo al verles salir. Y en tanto sigue corriendo el vehнculo, remedo de la vida humana; siempre recibiendo y soltando, uniforme, incansable, majestuoso, insensible a lo que pasa en su interior; sin que le conmuevan ni poco ni mucho las mal sofocadas pasioncillas de que es mudo teatro; siempre corriendo, corriendo sobre las dos interminables paralelas de hierro, largas y resbaladizas como los siglos.

Pensaba en esto mientras el coche subнa por la calle de Alcalб, hasta que me sacу del golfo de tan revueltas cavilaciones el golpe de mi paquete de libros al caer al suelo. Recogido al instante, mis ojos se fijaron en el pedazo de periуdico que servнa de envoltorio a los volъmenes, y maquinalmente leyeron medio renglуn de lo que allн estaba impreso. De sъbito sentн vivamente picada mi curiosidad; habнa leнdo algo que me interesaba, y ciertos nombres esparcidos en el pedazo de folletуn hirieron a un tiempo la vista y el recuerdo. Busquй el principio y no lo hallй: el papel estaba roto, y ъnicamente pude leer, con curiosidad primero y despuйs con afбn creciente, lo que sigue:

«Sentнa la Condesa una agitaciуn indescriptible. La presencia de Mudarra, el insolente mayordomo, que olvidando su bajo orнgen atrevнase a poner los ojos en persona tan alta, le causaba continua zozobra. El infame la estaba espiando sin cesar, la vigilaba como se vigila a un preso. Ya no le detenнa ningъn respeto, ni era obstбculo a su infame asechanza la debilidad y delicadeza de tan excelente seсora.

»Mudarra penetrу a deshora en la habitaciуn de la Condesa, que pбlida y agitada, sintiendo a la vez vergьenza y terror, no tuvo бnimo para despedirle.

—»No se asuste usнa, seсora Condesa—, dijo con forzada y siniestra sonrisa, que aumentу la turbaciуn de la dama;—no vengo a hacer a usнa daсo alguno.

—»ЎOh, Dios mнo! ЎCuбndo acabarб este suplicio!—exclamу la dama, dejando caer sus brazos con desaliento. Salga usted; yo no puedo acceder a sus deseos. ЎQuй infamia! ЎAbusar de ese modo de mi debilidad, y de la indiferencia de mi esposo, ъnico autor de tantas desdichas!

—»їPor quй tan arisca, seсora Condesa?—aсadiу el feroz mayordomo—. Si yo no tuviera el secreto de su perdiciуn en mi mano; si yo no pudiera imponer al seсor Conde de ciertos particulares. pues. referentes a aquel caballerito. Pero, no abusarй, no, de estas terribles armas. Usted me comprenderб al fin, conociendo cuбn desinteresado es el grande amor que ha sabido inspirarme.

»Al decir esto, Mudarra diу algunos pasos hacia la Condesa, que se alejу con horror y repugnancia de aquel monstruo.

»Era Mudarra un hombre como de cincuenta aсos, moreno, rechoncho y patizambo, de cabellos бsperos y en desorden, grande y colmilluda la boca. Sus ojos medio ocultos tras la frondosidad de largas, negras y espesнsimas cejas, en aquellos instantes expresaban la mбs bestial concupiscencia.

—»ЎAh, puerco espнn!—exclamу con ira al ver el natural despego de la dama.—ЎQuй desdicha no ser un mozalbete almidonado! Tanto remilgo sabiendo que puedo informar al seсor Conde. Y me creerб, no lo dude usнa: el seсor Conde tiene en mн tal confianza, que lo que yo digo es para йl el mismo Evangelio. pues. y como estб celoso. si yo le presento el papelito.

—»ЎInfame!—gritу la Condesa con noble arranque de indignaciуn y dignidad.—Yo soy inocente; y mi esposo no serб capaz de prestar oнdos a tan viles calumnias. Y aunque fuera culpable prefiero mil veces ser despreciada por mi marido y por todo el mundo, a comprar mi tranquilidad a ese precio. Salga usted de aquн al instante.

—»Yo tambiйn tengo mal genio, seсora Condesa—, dijo el mayordomo devorando su rabia—; yo tambiйn gasto mal genio, y cuando me amosco. Puesto que usнa lo toma por la tremenda, vamos por la tremenda. Ya sй lo que tengo que hacer, y demasiado condescendiente he sido hasta aquн. Por ъltima vez propongo a usнa que seamos amigos, y no me ponga en el caso de hacer un disparate. con que seсora mнa.

»Al decir esto Mudarra contrajo la pergaminosa piel y los rнgidos tendones de su rostro haciendo una mueca parecida a una sonrisa, y diу algunos pasos como para sentarse en el sofб junto a la Condesa. Esta se levantу de un salto gritando:—«ЎNo; salga usted! ЎInfame! Y no tener quien me defienda. ЎSalga usted!»

»El mayordomo, entonces era como una fiera a quien se escapa la presa que ha tenido un momento antes entre sus uсas. Diу un resoplido, hizo un gesto de amenaza y saliу despacio con pasos muy quedos. La Condesa, trйmula y sin aliento, refugiada en la extremidad del gabinete, sintiу las pisadas que alejбndose se perdнan en la alfombra de la habitaciуn inmediata y respirу al fin cuando le considerу lejos. Cerrу las puertas y quiso dormir; pero el sueсo huнa de sus ojos aъn aterrados con la imagen del monstruo.

»CAPITULO XI.—El Complot.—Mudarra, al salir de la habitaciуn de la Condesa, se dirigiу a la suya y dominado por fuerte inquietud nerviosa, comenzу a registrar cartas y papeles diciendo entre dientes. «Ya no aguanto mбs; me las pagarб todas juntas.» Despuйs se sentу, tomу la pluma, y poniendo delante una de aquellas cartas, y examinбndola bien empezу a escribir otra tratando de remedar la letra. Mudaba la vista con febril ansiedad del modelo a la copia y por ъltimo despuйs de gran trabajo escribiу con caracteres enteramente iguales a los del modelo la carta siguiente, cuyo sentido era de su propia cosecha: Habнa prometido a usted una entrevista y me apresuro. »

El folletнn estaba roto y no pudo leer mбs.

Sin apartar la vista del paquete, me puse a pensar en la relaciуn que existнa entre las noticias sueltas que oн de boca del seсor Cascajares y la escena leнda en aquel papelucho, folletнn, sin duda, traducido de alguna desatinada novela de Ponson du Terrail o de Montepнn. Serб una tonterнa, dije para mн, pero es lo cierto que ya me inspira interйs esa seсora Condesa, vнctima de la barbarie de un mayordomo imposible, cual no existe sino en la trastornada cabeza de algъn novelista nacido para aterrar a las gentes sencillas. їY quй harнa el maldito para vengarse? Capaz serнa de imaginar cualquiera atrocidad de esas que ponen fin a un capнtulo de sensaciуn їY el Conde, quй harб? Y aquel mozalbete de quien hablaron Cascajares en el coche y Mudarra en el folletнn їquй harб? їquiйn serб? їQuй hay entre la Condesa y ese incуgnito caballerito? Algo darнa por saber.

Esto pensaba, cuando alcй los ojos, recorrн con ellos el interior del coche, y Ўhorror! vi una persona que me hizo estremecer de espanto. Mientras estaba yo embebido en la interesante lectura del pedazo de folletнn, el tranvнa se habнa detenido varias veces para tomar o dejar algъn viajero. En una de estas ocasiones habнa entrado aquel hombre, cuya sъbita presencia me produjo tan grande impresiуn. Era йl, Mudarra, el mayordomo en persona, sentado frente a mн, con sus rodillas tocando mis rodillas. En un segundo le examinй de pies a cabeza y reconocн las facciones cuya descripciуn habнa leнdo. No podнa ser otro: hasta los mбs insignificantes detalles de su vestido indicaban claramente que era йl. Reconocн la tez morena y lustrosa, los cabellos indomables, cuyas mechas surgнan en opuestas direcciones como las culebras de Medusa, los ojos hundidos bajo la espesura de unas agrestes cejas, las barbas, no menos revueltas e incultas que el pelo, los pies torcidos hacia dentro como los de los loros, y en fin, la misma mirada, el mismo hombre en el aspecto, en el traje, en el respirar, en el toser, hasta en el modo de meterse la mano en el bolsillo para pagar.

De pronto le vi sacar una cartera, y observй que este objeto tenнa en la cubierta una gran M dorada, la inicial de su apellido. Abriуla, sacу una carta y mirу el sobre con sonrisa de demonio, y hasta me pareciу que decнa entre dientes:

«ЎQuй bien imitada estб la letra!» En efecto, era una carta pequeсa, con el sobre garabateado por mano femenina. Lo mirу bien, recreбndose en su infame obra, hasta que observу que yo con curiosidad indiscreta y descortйs alargaba demasiado el rostro para leer el sobrescrito. Dirigiуme una mirada que me hizo el efecto de un golpe, y guardу su cartera.

El coche seguнa corriendo, y en el breve tiempo necesario para que yo leyera el trozo de novela, para que pensara un poco en tan extraсas cosas, para que viera al propio Mudarra, novelesco, inverosнmil, convertido en ser vivo y compaсero mнo en aquel viaje, habнa dejado atrбs la calle de Alcalб, atravesaba la Puerta del Sol y entraba triunfante en la calle Mayor, abriйndose paso por entre los demбs coches, haciendo correr a los carromatos rezagados y perezosos, y ahuyentando a los peatones, que en el tumulto de la calle, y aturdidos por la confusiуn de tantos y tan diversos ruidos, no ven la mole que se les viene encima sino cuando ya la tienen a muy poca distancia.

Seguнa yo contemplando aquel hombre como se contempla un objeto de cuya existencia real no estamos seguros, y no quitй los ojos de su repugnante facha hasta que no le vi levantarse, mandar parar el coche y salir, perdiйndose luego entre el gentнo de la calle.

Salieron y entraron varias personas y la decoraciуn viviente del coche mudу por completo.

Cada vez era mбs viva la curiosidad que me inspiraba aquel suceso, que al principio podнa considerar como forjado exclusivamente en mi cabeza por la coincidencia de varias sensaciones ocasionadas por la conversaciуn o por la lectura, pero que al fin se me figuraba cosa cierta y de indudable realidad.

Cuando saliу el hombre en quien creн ver el terrible mayordomo, quedйme pensando en el incidente de la carta y me lo expliquй a mi manera, no queriendo ser en tan delicada cuestiуn menos fecundo que el novelista, autor de lo que momentos antes habнa leнdo. Mudarra, pensй, deseoso de vengarse de la Condesa, Ўoh, infortunada seсora! finge su letra y escribe una carta a cierto caballerito, con quien hubo esto y lo otro y lo de mбs allб. En la carta le da una cita en su propia casa; llega el joven a la hora indicada y poco despuйs el marido, a quien se ha tenido cuidado de avisar, para que coja in fraganti a su desleal esposa: Ўoh admirable recurso del ingenio! Йsto, que en la vida tiene su pro y su contra, en una novela viene como anillo al dedo. La dama se desmaya, el amante se turba, el marido hace una atrocidad, y detrбs de la cortina estб el fatнdico semblante del mayordomo que se goza en su endiablada venganza.

Lector yo de muchas y muy malas novelas, di aquel giro a la que insensiblemente iba desarrollбndose en mi imaginaciуn por las palabras de un amigo, la lectura de un trozo de papel y la vista de un desconocido.

Andando, andando seguнa el coche y ya por causa del calor que allн dentro se sentнa, ya porque el movimiento pausado y monуtono del vehнculo produce cierto mareo que degenera en sueсo, lo cierto es que sentн pesados los pбrpados, me inclinй del costado izquierdo, apoyando el codo en el paquete de libros, y cerrй los ojos. En esta situaciуn continuй viendo la hilera de caras de ambos sexos que ante mн tenнa, barbadas unas, limpias de pelo las otras, aquйllas riendo, йstas muy acartonadas y serias. Despuйs me pareciу que obedeciendo a la contracciуn de un mъsculo comъn, todas aquellas caras hacнan muecas y guiсos, abriendo y cerrando los ojos y las bocas, y mostrбndome alternativamente una serie de dientes que variaban desde los mбs blancos hasta los mбs amarillos, afilados unos, romos y gastados los otros. Aquellas ocho narices erigidas bajo diez y seis ojos diversos en color y expresiуn, crecнan o menguaban, variando de forma; las bocas se abrнan en lнnea horizontal, produciendo mudas carcajadas, o se estiraban hacia adelante formando hocicos puntiagudos, parecidos al interesante rostro de cierto benemйrito animal que tiene sobre sн el anatema de no poder ser nombrado.

Por detrбs de aquellas ocho caras, cuyos horrendos visajes he descrito, y al travйs de las ventanillas del coche, yo veнa la calle y las casas, los transeuntes, todo en veloz carrera, como si el tranvнa anduviese con rapidez vertiginosa. Yo por lo menos creнa que marchaban mбs aprisa que nuestros ferrocarriles, mбs que los franceses, mбs que los ingleses, mбs que los norteamericanos; corrнa con toda la velocidad que puede suponer la imaginaciуn, tratбndose de la traslaciуn de lo sуlido.

A medida que era mбs intenso aquel estado letargoso, se me figuraba que iban desapareciendo las casas, las calles, Madrid entero. Por un instante creн que el tranvнa corrнa por lo mбs profundo de los mares: al travйs de los vidrios se veнan los cuerpos de cetбceos enormes, los miembros pegajosos de una multitud de pуlipos de diversos tamaсos. Los peces chicos sacudнan sus colas resbaladizas contra los cristales, algunos miraban adentro con sus grandes y dorados ojos. Crustбceos de forma desconocida, grandes moluscos, madrйporas, esponjas y una multitud de bivalvos grandes y deformes cual nunca yo los habнa visto, pasaban sin cesar. El coche iba tirado por no sй quй especie de nadantes monstruos, cuyos remos, luchando con el agua, sonaban como las paletas de una hйlice, tornillaban la masa lнquida con su infinito voltear.

Esta visiуn se iba extinguiendo: despuйs pareciуme que el coche corrнa por los aires, volando en direcciуn fija y sin que lo agitaran los vientos. Al travйs de los cristales no se veнa nada, mбs que espacio: las nubes nos envolvнan a veces; una lluvia violenta y repentina tamborileaba en la imperial; de pronto salнamos al espacio puro inundado de sol, para volver de nuevo a penetrar en el vaporoso seno de celajes inmensos, ya rojos, ya amarillos, tan pronto de уpalo como de amatista, que iban quedбndose atrбs en nuestra marcha. Pasбbamos luego por un sitio del espacio en que flotaban masas resplandecientes de un finнsimo polvo de oro; mбs adelante, aquella polvareda que a mн se me antojaba producida por el movimiento de las ruedas triturando la luz, era de plata, despuйs verde como harina de esmeraldas, y por ъltimo, roja como harina de rubнes. El coche iba arrastrado por algъn volбtil apocalнptico, mбs fuerte que el hipуgrifo y mбs atrevido que el dragуn; y el rumor de las ruedas y de la fuerza motriz recordaba el zumbido de las grandes aspas de un molino de viento, o mбs bien el de un abejorro del tamaсo de un elefante. Volбbamos por el espacio sin fin, sin llegar nunca; entretanto la tierra quedбbase abajo, a muchas leguas de nuestros pies; y en la tierra, Espaсa, Madrid, el barrio de Salamanca, Cascajares, la Condesa, el Conde, Mudarra, el incуgnito galбn, todos ellos.

Pero no tardй en dormirme profundamente; y entonces el coche cesу de andar, cesу de volar, y desapareciу para mн la sensaciуn de que iba en tal coche, no quedando mбs que el ruido monуtono y profundo de las ruedas, que no nos abandona jamбs en nuestras pesadillas dentro de un tren o en el camarote de un vapor. Me dormн. ЎOh infortunada Condesa! La vi tan clara como estoy viendo en este instante el papel en que escribo; la vi sentada junto a un velador, la mano en la mejilla, triste y meditabunda como una estatua de la melancolнa. A sus pies estaba acurrucado un perrillo, que me pareciу tan triste como su interesante ama.

Entonces pude examinar a mis anchas a la mujer que yo consideraba como la desventura en persona. Era de alta estatura, rubia, con grandes y expresivos ojos, nariz fina, y casi, casi grande, de forma muy correcta y perfectamente engendrada por las dos curvas de sus hermosas y arqueadas cejas. Estaba peinada sin afectaciуn, y en esto, como en su traje, se comprendнa que no pensaba salir aquella noche. ЎTremenda, mil veces tremenda noche! Yo observaba con creciente ansiedad la hermosa figura que tanto deseaba conocer, y me pareciу que podнa leer sus ideas en aquella noble frente donde la costumbre de la reconcentraciуn mental habнa trazado unas cuantas lнneas imperceptibles, que el tiempo convertirнa pronto en arrugas.

De repente se abre la puerta dando paso a un hombre. La Condesa diу un grito de sorpresa y se levantу muy agitada.

—їQuй es esto?—dijo—Rafael. Usted. їQuй atrevimiento? їCуmo ha entrado usted aquн?

—Seсora—contestу el que habнa entrado, joven de muy buen porte.—їNo me esperaba usted?—He recibido una carta suya.

—ЎUna carta mнa!—exclamу mбs agitada la Condesa.—Yo no he escrito carta ninguna. їY para quй habнa de escribirla?

—Seсora, vea usted—repuso el joven sacando la carta y mostrбndosela;—es su letra, su misma letra.

—ЎDios mнo! ЎQuй infernal maquinaciуn!—dijo la dama con desesperaciуn.—Yo no he escrito esa carta. Es un lazo que me tienden.

—Seсora, cбlmese usted. yo siento mucho.

—Sн; lo comprendo todo. Ese hombre infame. Ya sospecho cuбl habrб sido su idea. Salga usted al instante. Pero ya es tarde; ya siento la voz de mi marido.

En efecto, una voz atronadora se sintiу en la habitaciуn inmediata, y al poco rato entrу el Conde, que fingiу sorpresa de ver al galбn, y despuйs, riendo con cierta afectaciуn, le dijo:

—ЎOh! Rafael, usted por aquн. ЎCuбnto tiempo. Venнa usted a acompaсar a Antonia. Con eso nos acompaсarб a tomar el te.

La Condesa y su esposo cambiaron una mirada siniestra. El joven, en su perplejidad, apenas acertу a devolver al Conde su saludo. Vi que entraron y salieron criados; vi que trajeron un servicio de te y desaparecieron despuйs, dejando solos a los tres personajes. Iba a pasar algo terrible.

Sentбronse: la Condesa parecнa difunta, el Conde afectaba una hilaridad aturdida, semejante a la embriaguez, y el joven callaba, contestбndole sуlo con monosнlabos. Sirviу el te, y el Conde alargу a Rafael una de las tazas, no una cualquiera, sino una determinada. La Condesa mirу aquella taza con tal expresiуn de espanto, que pareciу echar en ella todo su espнritu. Bebieron en silencio, acompaсando la pociуn con muchas variedades de las sabrosas pastas Huntley and Palmers, y otras menudencias propias de tal clase de cena. Despuйs el Conde volviу a reir con la desaforada y ruidosa expansiуn que le era peculiar aquella noche, y dijo:

—ЎCуmo nos aburrimos! Usted, Rafael, no dice una palabra. Antonia, toca algo. Hace tanto tiempo que no te oнmos. Mira. aquella pieza de Gorstchack que se titula Morte. La tocabas admirablemente. Vamos, ponte al piano.

La Condesa quiso hablar; йrale imposible articular palabra. El Conde la mirу de tal modo, que la infeliz cediу ante la terrible expresiуn de sus ojos, como la paloma fascinada por el boa constrictor. Se levantу dirigiйndose al piano, y ya allн, el marido debiу decirle algo que la aterrу mбs, acabando de ponerla bajo su infernal dominio. Sonу el piano, heridas a la vez multitud de cuerdas, y corriendo de las graves a las agudas, las manos de la dama despertaron en un segundo los centenares de sonidos que dormнan mudos en el fondo de la caja. Al principio era la mъsica una confusa reuniуn de sones que aturdнa en vez de agradar; pero luego serenуse aquella tempestad, y un canto fъnebre y temeroso como el Dies irж surgiу de tal desorden. Yo creнa escuchar el son triste de un coro de cartujos, acompaсado con el bronco mugido de los fagots. Sentнanse despuйs ayes lastimeros como nos figuramos han de ser los que exhalan las бnimas, condenadas en el purgatorio a pedir incesantemente un perdуn que ha de llegar muy tarde.

Volvнan luego los arpegios prolongados y ruidosos, y las notas se encabritaban unas sobre otras como disputбndose cuбl ha de llegar primero. Se hacнan y deshacнan los acordes, como se forma y desbarata la espuma de las olas. La armonнa fluctuaba y hervнa en una marejada sin fin, alejбndose hasta perderse, y volviendo mбs fuerte en grandes y atropellados remolinos.

Yo continuaba extasiado oyendo la mъsica imponente y majestuosa; no podнa ver el semblante de la Condesa, sentada de espaldas a mн; pero me la figuraba en tal estado de aturdimiento y pavor, que lleguй a pensar que el piano se tocaba solo.

El joven estaba detrбs de ella, el Conde a su derecha, apoyado en el piano. De vez en cuando levantaba ella la vista para mirarle; pero debнa encontrar expresiуn muy horrenda en los ojos de su consorte, porque tornaba a bajar los suyos y seguнa tocando. De repente el piano cesу de sonar y la Condesa diу un grito.

En aquel instante sentн un fortнsimo golpe en un hombro, me sacudн violentamente y despertй.

En la agitaciуn de mi sueсo habнa cambiado de postura y me habнa dejado caer sobre la venerable inglesa que a mi lado iba.

—ЎAaah! usted. sleeping. molestar. mi—dijo con avinagrado mohнn, mientras rechazaba mi paquete de libros que habнa caнdo sobre sus rodillas.

—Seсora. es verdad. me dormн—contestй turbado al ver que todos los viajeros se reнan de aquella escena.

—ЎOooh. yo soy. going. to decir al coachman. usted molestar. mi. usted, caballero. very shocking—aсadiу la inglesa en su jerga ininteligible.—ЎOooh! usted creer. my body es. su cama for usted. to sleep. ЎOooh! gentleman you are a stupid ass.

Al decir esto, la hija de la Gran Bretaсa, que era de sн bastante amoratada, estaba lo mismo que un tomate. Creyйrase que la sangre agolpada a sus carrillos y a su nariz a brotar iba por sus candentes poros. Me mostraba cuatro dientes puntiagudos y muy blancos, como si me quisiera roer. Le pedн mil perdones por mi sueсo descortйs, recogн mi paquete y pasй revista a las nuevas caras que dentro del coche habнa. Figъrate, Ўoh cachazudo y benйvolo lector! Ўcuбl serнa mi sorpresa cuando vi frente a mн, їa quiйn creerбs? Al joven de la escena soсada, al mismo don Rafael en persona. Me restreguй los ojos para convencerme de que no dormнa, y en efecto, despierto estaba y tan despierto como ahora.

Era йl, el mismo, y conversaba con otro que a su lado iba. Puse atenciуn y escuchй con toda mi alma.

—їPero tъ no sospechaste nada?—le decнa el otro.

—Algo, sн; pero callй. Parecнa difunta; tal era su terror. Su marido la mandу tocar el piano y ella no se atreviу a resistir. Tocу, como siempre, de una manera admirable, y oyйndola lleguй a olvidarme de la peligrosa situaciуn en que nos encontrбbamos. A pesar de los esfuerzos que ella hacнa para aparecer serena, llegу un momento en que le fuй imposible fingir mбs. Sus brazos se aflojaron, y resbalando de las teclas echу la cabeza atrбs y diу un grito. Entonces su marido sacу un puсal, y dando un paso hacia ella exclamу con furia: «Toca o te mato al instante.» Al ver esto hirviу mi sangre toda: quise echarme sobre aquel miserable; pero sentн en mi cuerpo una sensaciуn que no puedo pintarte; creн que repentinamente se habнa encendido una hoguera en mi estуmago; fuego corrнa por mis venas; las sienes me latieron, y caн al suelo sin sentido.

—Y antes, їno conociste los sнntomas del envenenamiento?—le preguntу el otro.

—Notaba cierta desazуn y sospechй vagamente, pero nada mбs. El veneno estaba bien preparado, porque hizo el efecto tarde y no me matу, aunque sн me ha dejado una enfermedad para toda la vida.

—Y despuйs que perdiste el sentido, їquй pasу?

Rafael iba a contestar y yo le escuchaba como si de sus palabras pendiera un secreto de vida o muerte, cuando el coche parу.

—ЎAh! ya estamos en los Consejos: bajemos—dijo Rafael.

ЎQuй contrariedad! Se marchaban, y yo no sabнa el fin de la historia.

—Caballero, caballero, una palabra—dije al verlos salir.

El joven se detuvo y me mirу.

—їY la Condesa? їQuй fuй de esa seсora?—preguntй con mucho afбn.

Una carcajada general fuй la ъnica respuesta. Los dos jуvenes, riйndose tambiйn, salieron sin contestarme palabra. El ъnico sйr vivo que conservу su serenidad de esfinge en tan cуmica escena fuй la inglesa, que indignada de mis extravagancias, se volviу a los demбs viajeros diciendo:

ЎOooh! A lunatic fellow.

El coche seguнa y a mн me abrasaba la curiosidad por saber quй habнa sido de la desdichada Condesa. їLa matу su marido? Yo me hacнa cargo de las intenciones de aquel malvado. Ansioso de gozarse en su venganza, como todas las almas crueles, querнa que su mujer presenciase, sin dejar de tocar, la agonнa de aquel incauto joven llevado allн por una vil celada de Mudarra.

Mas era imposible que la dama continuara haciendo desesperados esfuerzos por mantener su serenidad, sabiendo que Rafael habнa bebido el veneno. ЎTrбgica y espeluznante escena!—pensaba yo, mбs convencido cada vez de la realidad de aquel suceso—Ўy luego dirбn que estas cosas sуlo se ven en las novelas!

Al pasar por delante de Palacio el coche se detuvo, y entrу una mujer que traнa un perrillo en sus brazos. Al instante reconocн al perro que habнa visto recostado a los pies de la Condesa; era el mismo, la misma lana blanca y fina, la misma mancha negra en una de sus orejas. La suerte quiso que aquella mujer se sentara a mi lado. No pudiendo yo resistir la curiosidad, le preguntй:

—їEs de usted ese perro tan bonito?

—їPues de quiйn ha de ser? їLe gusta a usted?

Cogн una de las orejas del inteligente animal para hacerle una caricia; pero йl, insensible a mis demostraciones de cariсo, ladrу, diу un salto y puso sus patas sobre las rodillas de la inglesa, que me volviу a enseсar sus dos dientes como queriйndome roer, y exclamу:

—ЎOoooh! usted. unsupportable.

—їY dуnde ha adquirido usted ese perro? —preguntй sin hacer caso de la nueva explosiуn colйrica de la mujer britбnica.—їSe puede saber?

—Era de mi seсorita.

—їY quй fuй de su seсorita?—dije con la mayor ansiedad.

—ЎAh! їUsted la conocнa?—repuso la mujer.—Era muy buena, їverdб ustй?

—ЎOh! excelente. Pero їpodrнa yo saber en quй parу todo aquello?

—De modo que usted estб enterado, usted tiene noticias.

—Sн, seсora. He sabido todo lo que ha pasado, hasta aquello del te. pues. Y diga usted, їmuriу la seсora?

—ЎAh! Sн, seсor: estб en la gloria.

—їY cуmo fuй eso? La asesinaron, o fuй a consecuencia del susto.

—ЎQuй asesinato, ni quй susto!—dijo con expresiуn burlona.—Usted no estб enterado. Fuй que aquella noche habнa comido no sй quй, pues. y le hizo daсo. Le diу un desmayo que le durу hasta el amanecer.

—Bah—pensй yo—йsta no sabe una palabra del incidente del piano y del veneno, o no quiere darse por entendida.

Despuйs dije en alta voz:

—їCon que fuй de indigestiуn?

—Sн, seсor. Yo le habнa dicho aquella noche: «Seсora: no coma usted esos mariscos»; pero no me hizo caso.

—Con que mariscos, їeh?—dije con incredulidad.—Si sabrй yo lo que ha ocurrido.

—їNo lo cree usted?

—Sн. sн—repuse aparentando creerlo.—їY el Conde, su marido, el que sacу el puсal cuando tocaba el piano?

La mujer me mirу un instante y despuйs soltу la risa en mis propias barbas.

—їSe rнe usted. ЎBah! їPiensa usted que no estoy perfectamente enterado? Ya comprendo; usted no quiere contar los hechos como realmente son. Ya se ve: como habrб causa criminal.

—Es que ha hablado usted de un conde y de una condesa.

—їNo era el ama de ese perro la seсora Condesa, a quien el mayordomo Mudarra.

La mujer volviу a soltar la risa con tal estrйpito, que me desconcertй, diciendo para mi capote: Esta debe de ser cуmplice de Mudarra, y, naturalmente, ocultarб todo lo que pueda.

—Usted estб loco—aсadiу la desconocida.

Lunatic, lunatic. M. suffocated. ЎOooh! Ўmy Godi!

—Si lo sй todo; vamos, no me lo oculte usted. Dнgame de quй muriу la seсora Condesa.

—ЎQuй condesa ni quй ocho cuartos, hombre de Dios!—exclamу la mujer, riendo con mбs fuerza.

—ЎSi cree usted que me engaсa a mн con sus risitas!—contestй.—La Condesa ha muerto envenenada o asesinada; no me queda la menor duda.

En esto llegу el coche al barrio de Pozas y yo al tйrmino de mi viaje. Salimos todos: la inglesa me echу una mirada que indicaba su regocijo por verse libre de mн, y cada cual se dirigiу a su destino. Yo seguн a la mujer del perro, aturdiйndola con preguntas, hasta que se metiу en su casa, riendo siempre de mi empeсo en averiguar vidas ajenas. Al verme solo en la calle recordй el objeto de mi viaje y me dirigн a la casa donde debнa entregar aquellos libros. Devolvнlos a la persona que me los habнa pedido para leerlos, y me puse a pasear frente al Buen Suceso, esperando a que saliese de nuevo el coche para regresar al extremo de Madrid.

No podнa apartar de la imaginaciуn a la infortunada Condesa, y cada vez me confirmaba mбs en mi idea de que la mujer con quien ъltimamente hablй habнa querido engaсarme, ocultando la verdad de la misteriosa tragedia.

Esperй mucho tiempo, y al fin, anocheciendo ya, el coche se dispuso a partir. Entrй, y lo primero que mis ojos vieron fuй la seсora inglesa sentadita donde antes estaba. Cuando me viу subir y tomar sitio a su lado, la expresiуn de su rostro no es definible; se puso otra vez como la grana, exclamando:

ЎOoooh!. usted. mi quejarse al coachman. usted reventar mi fort it.

Tan preocupado estaba yo con mis confusiones, que sin hacerme cargo de lo que la inglesa me decнa en su hнbrido y trabajoso lenguaje, le contestй:

—Seсora, no hay duda de que la Condesa muriу envenenada o asesinada. Usted no tiene idea de la ferocidad de aquel hombre.

Seguнa el coche, y de trecho en trecho detenнase para recoger pasajeros. Cerca del Palacio real entraron tres, tomando asiento enfrente de mн. Uno de ellos era un hombre alto, seco y huesudo, con muy severos ojos y un hablar campanudo que imponнa respeto.

No hacнa diez minutos que estaban allн, cuando este hombre se volviу a los otros dos y dijo:

—ЎPobrecilla! ЎCуmo clamaba en sus ъltimos instantes! La bala le entrу por encima de la clavнcula derecha y despuйs bajу hasta el corazуn.

—їCуmo?—exclamй yo repentinamente.—їConque fuй de un tiro? їNo muriу de una puсalada?

Los tres se miraron con sorpresa.

—De un tiro, sн, seсor—dijo con cierto desabrimiento el alto, seco y huesoso.

—Y aquella mujer sostenнa que habнa muerto de una indigestiуn—dije, interesбndome mбs cada vez en aquel asunto.—Cuente usted, їy cуmo fuй?

—їY a usted quй le importa?—dijo el otro, con muy avinagrado gesto.

—Tengo mucho interйs por conocer el fin de esa horrorosa tragedia. їNo es verdad que parece cosa de novela?

—їQuй novela ni que niсo muerto? Usted estб loco o quiere burlarse de nosotros.

—Caballerito, cuidado con las bromas—aсadiу el alto y seco.

—їCreen ustedes que no estoy enterado? Lo sй todo, he presenciado varias escenas de ese horrendo crimen. Pero dicen ustedes que la Condesa muriу de un pistoletazo.

—ЎVбlgame Dios! Nosotros no hemos hablado de Condesa, sino de mi perra, a quien cazando, disparamos inadvertidamente un tiro. Si usted quiere bromear, puede buscarme en otro sitio, y ya le contestarй como merece.

—Ya, ya comprendo: ahora hay empeсo en ocultar la verdad—manifestй, juzgando que aquellos hombres querнan desorientarme en mis pesquisas, convirtiendo en perra a la desdichada seсora.

Ya preparaba el otro su contestaciуn, sin duda mбs enйrgica de lo que el caso requerнa, cuando la inglesa se llevу el dedo a la sien, como para indicarles que yo no regнa bien de la cabeza. Calmбronse con esto, y no dijeron una palabra mбs en todo el viaje, que terminу para ellos en la Puerta del Sol. Sin duda me habнan tenido miedo.

Yo continuaba tan dominado por aquella idea, que en vano querнa serenar mi espнritu, razonando los verdaderos tйrminos de tan embrollada cuestiуn. Pero cada vez eran mayores mis confusiones, y la imagen de la pobre seсora no se apartaba de mi pensamiento. En todos los semblantes que iban sucediйndose dentro del coche, creнa ver algo que contribuyera a explicar el enigma. Sentнa yo una sobrexcitaciуn cerebral espantosa, y sin duda el trastorno interior debнa pintarse en mi rostro, porque todos me miraban como se mira lo que no se ve todos los dнas.

Aun faltaba algъn incidente que habнa de turbar mбs mi cabeza en aquel viaje fatal. Al pasar por la calle de Alcalб, entrу un caballero con su seсora: йl quedу junto a mн. Era un hombre que parecнa afectado de fuerte y reciente impresiуn, y hasta creн que alguna vez se llevу el paсuelo a los ojos para enjugar las invisibles lбgrimas, que sin duda corrнan bajo el cristal verde obscuro de sus descomunales antiparras.

Al poco rato de estar allн dijo en voz baja a la que parecнa ser su mujer:

Pues hay sospechas de envenenamiento: no lo dudes. Me lo acaba de decir don Mateo. ЎDesdichada mujer!

—ЎQuй horror! Ya me lo he figurado tambiйn—contestу su consorte. De tales cafres їquй se podнa esperar?

—Juro no dejar piedra sobre piedra hasta averiguarlo.

Yo, que era todo oнdos, dije tambiйn en voz baja:

—Sн, seсor; hubo envenenamiento. Me consta.

—їCуmo, usted sabe? їUsted tambiйn la conocнa?—dijo vivamente el de las antiparras verdes, volviйndose hacia mн.

—Sн, seсor; y no dudo que la muerte ha sido violenta, por mбs que quieran hacernos creer que fuй indigestiуn.

—Lo mismo afirmo yo. ЎQuй excelente mujer! їPero cуmo sabe usted.

—Lo sй, lo sй—repuse muy satisfecho de que aquel no me tuviera por loco.

—Luego usted irб a declarar al Juzgado; porque ya se estб formando la sumaria.

—Me alegro, para que castiguen a esos bribones. Irй a declarar, irй a declarar, sн, seсor.

A tal extremo habнa llegado mi obcecaciуn, que concluн por penetrarme de aquel suceso, mitad soсado, mitad leнdo, y lo creн como ahora creo que es pluma esto con que escribo.

—Pues sн, seсor; es preciso aclarar este enigma para que se castigue a los autores del crimen. Yo declararй. Fuй envenenada con una taza de te, lo mismo que el joven.

—Oye, Petronila—dijo a su esposa el de las antiparras—; con una taza de te.

—Sн, estoy asombrada—contestу la seсora.—ЎCuidado con lo que fueron a inventar esos malditos!

-Sн, seсor; con una taza de te.

—La Condesa tocaba el piano.

—їQuй Condesa?—preguntу aquel hombre, interrumpiйndome.

—La Condesa, la envenenada.

—Si no se trata de ninguna Condesa, hombre de Dios.

—Vamos; usted tambiйn es de los empeсados en ocultarlo.

—Bah, bah; si en esto no ha habido ninguna condesa ni duquesa, sino simplemente la lavandera de mi casa, mujer del guardaagujas del Norte.

—їLavandera, eh?—dije en tono de picardнa.—ЎSi tambiйn me querrб usted hacer tragar que es lavandera!

El caballero y su esposa me miraron con expresiуn burlona, y despuйs se dijeron en voz baja algunas palabras. Por un gesto que vi hacer a la seсora comprendн que habнa adquirido el profundo convencimiento de que yo estaba borracho. Llenйme de resignaciуn ante tal ofensa, y callй, contentбndome con despreciar en silencio, cual conviene a las grandes almas, tan irreverente suposiciуn. Cada vez era mayor mi zozobra; la Condesa no se apartaba ni un instante de mi pensamiento, y habнa llegado a interesarme tanto por su siniestro fin, como si todo ello no fuera elaboraciуn enfermiza de mi propia fantasнa, impresionada por sucesivas visiones y diбlogos. En fin, para que se comprenda a quй extremo llegу mi locura, voy a referir el ъltimo incidente de aquel viaje; voy a decir con quй extravagancia puse tйrmino al doloroso pugilato de mi entendimiento, empeсado en fuerte lucha con un ejйrcito de sombras.

Entraba el coche por la calle de Serrano, cuando por la ventanilla que frente a mн tenнa, mirй a la calle, dйbilmente iluminada por la escasa luz de los faroles, y vi pasar a un hombre. Di un grito de sorpresa, y exclamй desatinado:—Ahн va, es йl, el feroz Mudarra, el autor principal de tantas infamias.—Mandй parar el coche, y salн, mejor dicho, saltй a la puerta, tropezando con los pies y las piernas de los viajeros; bajй a la calle y corrн tras aquel hombre, gritando:—ЎA ese, a ese, al asesino!

Jъzguese cuбl serнa el efecto producido por estas voces en el pacнfico barrio.

Aquel sujeto, el mismo exactamente que yo habнa visto en el coche por la tarde, fuй detenido. Yo no cesaba de gritar:—ЎEs el que preparу el veneno para la Condesa, el que asesinу a la Condesa!

Hubo un momento de indescriptible confusiуn. Afirmу йl que yo estaba loco; pero que quieras que no, los dos fuimos conducidos a la prevenciуn. Despuйs perdн por completo la nociуn de lo que pasaba. No recuerdo lo que hice aquella noche en el sitio donde me encerraron. El recuerdo mбs vivo que conservo de tan curioso lance fuй el de haber despertado del profundo letargo en que caн, verdadera borrachera moral, producida, no sй por quй, por uno de los pasajeros fenуmenos de enajenaciуn que la ciencia estudia con gran cuidado como precursores de la locura definitiva.

Como es de suponer, el suceso no tuvo consecuencias, porque el antipбtico personaje que bauticй con el nombre de Mudarra, es un honrado comerciante de ultramarinos que jamбs habнa envenenado a condesa alguna. Pero aun por mucho tiempo despuйs persistнa yo en mi engaсo, y solнa exclamar:—«Infortunada condesa; por mбs que digan, yo siempre sigo en mis trece. Nadie me persuadirб de que no acabaste tus dнas a mano de tu iracundo esposo. »

Ha sido preciso que transcurran meses para que las sombras vuelvan al ignorado sitio de donde surgieron volviйndome loco, y torne la realidad a dominar en mi cabeza. Me rнo siempre que recuerdo aquel viaje, y toda la consideraciуn que antes me inspiraba la soсada vнctima la dedico ahora, їa quiйn creerйis? A mi compaсera de viaje en aquella angustiosa expediciуn, a la irascible inglesa, a quien disloquй un pie en el momento de salir atropelladamente del coche para perseguir al supuesto mayordomo.

El criado de Don Juan.

EL CRIADO DE DON JUAN
DRAMA EN UN ACTO

LA DUQUESA ISABELA—CELIA—DON JUAN
TENORIO—LEONELO—FABIO
EN ITALIA—SIGLO XV

Calle. A un lado la fachada de un palacio seсorial.

FABIO Y LEONELO (Fabio se pasea por delante del palacio, embozado hasta los ojos en una capa roja.)

LEONELO (saliendo.)

ЎSeсor! ЎDon Juan!

A tiempo llegas. Desde esta maсana sin probar bocado. їCуmo tardaste tanto?

Media ciudad he corrido trayendo y llevando cartas. їPero Don Juan.

La ciudad, toda, que no media, correrб de seguro llevando y trayendo su persona. ЎEn mal hora entramos a su servicio!

їY quй haces aquн disfrazado de esa suerte?

Representar lo mejor que puedo a nuestro Don Juan, suspirando ante las rejas de la duquesa Isabel.

Nuestro Don Juan estб loco de vanidad. La duquesa Isabel es una dama virtuosa y no cederб por mбs que йl se obstine.

Ha jurado no apartarse ni de dнa ni de noche de este sitio, hasta que ella consienta en oirle. y ya ves cуmo cumple su juramento.

ЎCon una farsa indigna de un caballero! Mucho es que los servidores de la duquesa no te han echado a palos de la calle.

No tardarбn en ello. Por eso te aguardaba impaciente. Don Juan ha ordenado que apenas llegaras ocupases mi puesto. el suyo quiero decir. Demos la vuelta a la esquina por si nos observan desde el palacio, y tomarбs la capa y demбs seсales, que han de presentarte hasta la hora de la paliza prometida. como al propio Don Juan.

ЎDura como la necesidad! De tal madre, tal hija. (Salen.)

Sala en el palacio de la duquesa Isabela.

LA DUQUESA Y CELIA

CELIA (Mirando por una ventana.)

ЎEs increнble, seсora! Dos dнas con dos noches lleva ese caballero delante de nuestras ventanas.

ЎNecio alarde! Si a tales medios debe su fama de seductor, a costa de mujeres bien fбciles habrб sido lograda. їY ese es Don Juan, el que cuenta sus conquistas amorosas por los dнas del aсo? Allб en su tierra, en esa Espaсa feroz, de moros, de judнos y de fanбticos cristianos, de sangre impura abrasada por tentaciones infernales, entre devociones supersticiosas y severidad hipуcrita, podrб parecer terrible como demonio tentador. Las italianas no tememos al diablo. Los prнncipes de la Iglesia romana nos envнan de continuo indulgencias rimadas en dulces sonetos a lo Petrarca.

Pero confesad que el caballero es obstinado. y fuerte.

Es preciso terminar de una vez. No quiero ser fбbula de la ciudad. Lleva recado a ese caballero, de que las puertas de mi palacio y de mi estancia estбn francas para йl. Aquн le aguardo, sola. La duquesa Isabela no ha nacido para figurar como un nъmero en la lista de Don Juan.

Conduce a Don Juan hasta aquн. No tardes. (Sale Celia.)

LA DUQUESA Y DESPUES LEONELO.
(La duquesa se sienta y espera con altivez la entrada de Don Juan.)

їQuiйn? їNo es Don Juan. їNo йrais vos el que rondaba mi palacio?

Dos dнas con dos noches.

Algunas horas del dнa y algunas de noche.

ЎAh! ЎExtremada burla! їSois uno de los rufianes que acompaсan a Don Juan?

Soy criado suyo, seсora. Le sirvo a mi pesar.

Mal empleбis vuestra juventud.

ЎDichosos los que pueden seguir en la vida la senda de sus sueсos!

Camino muy bajo habйis emprendido. Salid.

їSin mensaje alguno de vuestra parte para Don Juan?

Supuesto que le habйis llamado.

Sн, le llamй para que por vez primera en su vida se hallare frente a frente de una mujer honrada, para que nunca pudiera decir que una dama como yo no tuvo mбs defensa contra йl que evitar su vista.

Asн, como a vos ahora, oн a muchas mujeres responder a Don Juan, y muchas le desafiaron como a vos y muchas como vos le recibieron altivas.

їY Don Juan no escarmienta?

ЎY no escarmientan las mujeres! La muerte, el remordimiento, la desolaciуn son horribles y no pueden enamorarnos, pero las precede un mensajero seductor, hermoso, juvenil. el peligro, eterno enamorador de las mujeres. Evitad el peligro, creedme; no oigбis a Don Juan.

Me confundнs con el vulgo de las mujeres. No en vano andбis al servicio de ese caballero de fortuna.

No en vano llevo mi alma entristecida por tantas almas de nobles criaturas amantes de Don Juan. ЎCuбnto llorй por ellas! Mi corazуn fuй recogiendo los amores destrozados en su locura por mi seсor y en mis sueсos terminaron felices tantos amores de muerte y de llanto. ЎUn solo amor de Don Juan hubiera sido la eterna ventura de mi vida. ЎTodo mi amor inmenso no hubiera bastado a consolar a una sola de sus enamoradas. ЎRiquнsimo caudal de amor derrochado por Don Juan, junto a mн, pobre mendigo de amor.

їSois poeta? Sуlo un poeta se acomoda a vivir como vos, con el pensamiento y la conciencia en desacuerdo.

Sabйis de los poetas, seсora; no sabйis de los necesitados.

Sй. que no me pesa del engaсo de Don Juan. al oнros. Ya me interesa saber de vuestra vida. Decidme quй os trajo a tan dura necesidad. No habrб peligro en escucharos como en escuchar a Don Juan. aunque seбis mensajero suyo, como vos decнs que el peligro es mensajero de la muerte. Hablad sin temor.

DICHOS, DON JUAN (con la espada desenvainada, entra con violencia.)

їCуmo llegбis hasta mн de esa manera? їY mi gente. ЎHola!

Perdonad. Pero comprenderйis que no he de permitir que mi criado me sustituya tanto tiempo.

No podйis apreciarlo todavнa.

ЎOh! ЎBasta ya. (A Leonelo.) їNo dices que la necesidad te llevу al indigno oficio de servir a este hombre? їTe pesa la servidumbre? їVes cуmo insultan a una dama en tu presencia y eres bien nacido? Ya eres libre. y rico.

їLe tomбis a vuestro servicio?

Quiero humillaros cuanto pueda. (A Leonelo.) Mi amor, imposible para Don Juan; mi amor es tuyo si sabes merecerlo.

A mн te iguala. Eres noble por йl.

ЎFuera la espada! Mi amor es tuyo. Lucha sin miedo. (Don Juan y Leonelo combaten. Cae muerto Leonelo.)

ЎNoble seсora! Ved lo que cuesta una porfнa.

ЎMuerto! Por mн. ЎFavor. ЎDejadme salir! Tengo miedo, mucho miedo.

Se agolpa la gente ante las ventanas. ЎUna muerte en mi casa!

ЎNo temblйis! Pasaron, oyeron ruido y se detuvieron. A mi cargo corre sacar de aquн el cadбver sin que nadie sospeche.

ЎOh! Sн, salvad mi honor. ЎSi supieran!

No saldrй de aquн sin dejaros tranquila.

ЎOh! No puedo miraros, me dбis espanto. ЎDejadme salir!

No, aquн a mi lado. Yo tambiйn tengo miedo. de no veros. Por vos he dado muerte a un desdichado. No me dejйis o saldrй de aquн para siempre y suceda lo que suceda. vos explicarйis como podбis el lance.

ЎOh, no me dejйis! Pero lejos de mн, no hablйis, no os acerquйis a mн. (Queda en el mayor abatimiento.)

DON JUAN (contemplбndola aparte.)

ЎEs mнa! ЎUna mбs. (Contemplando el cadбver de Leonelo.) ЎPobre Leonelo!

Viernes Santo.

(LA CONDESA DE PARDO BAZБN)

Fuй el cura de Naya hombre comunicativo, afable y de entraсas excelentes, quien me refiriу el atroz sucedido, o, por mejor decir, la cadena de sucedidos atroces, que apenas creerнa yo a no coincidir y explicarse perfectamente por el relato del pбrroco las veladas indicaciones de la prensa y los rumores difundidos en el paнs. Respetarй la forma de la narraciуn, sintiendo no poder reproducir la expresiуn de la fisonomнa ingenua y jovial del que narraba.

«Ya sabe usted—dijo—que, asн como en Andalucнa crece la flor de la canela, en este rincуn de Galicia podemos alabarnos de cultivar la flor de los caciques. No sй cуmo serбn los de otras partes; pero vamos, que los de por acб son de patente. Bien se acordarб usted de aquel Trampeta y aquel Barbacana, que traнan a Cebre convertido en un infierno. Trampeta ahora dice que se quiere meter en pocos belenes, porque ya no lo ahorcan por treinta mil duros; y Barbacana, que estб que no puede con los calzones, como se la tenнan jurada unos cuantos y salvу milagrosamente de dos o tres asechanzas, al fin ha determinado irse a pasar la vejez a Pontevedra, porque desea morir en su cama, segъn conviene a los hombres honrados y a los cristianos viejos como йl. ЎJa, ja.

Faltando o poco menos esos dos pejes, quedу el paнs en manos de otro, que usted bien habrб oнdo de йl: Lobeiro, que en confianza le llamбbamos Lobo, y Ўa fe que le caнa! Yo, si usted me pregunta cуmo consiguiу Lobeiro apoderarse de esta regiуn y tenerla asн, en un puсo, que ni la hierba crecнa sin su permiso, le contestarй que no lo entiendo; porque me parece increнble que en nuestro siglo y cuando tanto cantan libertad, se pueda vivir mбs sujeto a un seсor que en tiempos del conde Pedro Madruga. No, y no hay que echar baladronadas: yo era el primerito que agachaba las orejas y callaba como un raposo. Uno estima la piel, y aun mбs que la piel, la tranquilidad, si a mano viene.

A veces me ponнa a discurrir, y decнa para mi sotana: este rayo de hombre, їen quй consiste que se nos ha montado a todos encima, y por fuerza hemos de vivir sъbditos de йl, haciendo cuanto se le antoja, pidiйndole permiso hasta para respirar? їQuiйn le instituyу dueсo de nuestras vidas y haciendas? їNo hay leyes? їNo hay Tribunales de justicia?—Pero mire usted: todo eso de leyes es nada mбs que conversaciуn. Los magistrados estбn lejos y el cacique cerca. El Gobierno necesita tener asegurada la mecбnica de las elecciones, y al que le amasa los votos le entrega desde Madrid la comarca en feudo. A los seсores que se pasean allб por el Prado y por la Castellana, sin cuidado les tiene que aquн nos am. ЎAy! Tente, lengua, que ya iba a soltar un disparate.

Pues volviendo al caso, Lobeiro, asн para el trato de la conversaciуn, ya era un hombre antipбtico, de pocas palabras, que cuando se veнa comprometido, se reнa regaсando los dientes, muy callado, mirando de travйs. No se fнe usted nunca del que no rнe franco ni mira derecho: muy mala seсal. La cara suya parecнa el Pico Medelo, que siempre anda embozado en brйtemas. Lo ъnico a que ponнa un semblante como las demбs personas, era a su chiquilla, su hija ъnica, que por cierto no se ha visto cosa mбs linda en todo este paнs. La madre fuй en tiempos una buena moza; pero la rapaza. Ўquй comparaciуn! Un pelo como el oro, un cutis que parecнa raso, un par de ojos azules como dos estrellas. ЎMicaeliсa! ЎLo que corrн con ella el dнa del patrуn de Boбn! Porque a la criatura la rebosaba la alegrнa, y Lobeiro, al oirla reir, cambiaba de aspecto: se volvнa otro hombre.

Sуlo que, por desgracia, esta influencia no pasaba de los momentos en que tenнa cerca a la criatura. El resto del aсo, Lobeiro se dedicaba a perseguir al uno, empapelar al otro, sacarle el redaсo a йste y echar a presidio a aquйl. їUsted no ha leнdo el Catecismo del labriego, compuesto por el tнo Marcos da Portela, doctor en teologнa campestre? Pues el tipo del secretario que allн pinta, el de Lobeiro clavadito: criado para infernar la vida del labriego infeliz, llenarlo de vejaciones y disputarle la triste corteza de pan, amasada con su sudor, ъnico alimento de que dispone para llevar a la boca. Y repare usted lo que sucedнa con Lobeiro; hoy hace una picardнa, y le obedecen como uno; maсana hace diez, y ya le rinden acatamiento como diez; al otro dнa un millуn, y como un millуn se impone. Empezara por chanchullos pequeсitos, de esos que se hacen en el Ayuntamiento a mansalva; trabucos de cuentas, recargos de contribuciуn, repartos ad lнbitum, y lo demбs de rъbrica. Poco a poco, la gente aguantando y йl apretando mбs, llega el caso de que me encuentro yo a un infeliz aldeano en un camino hondo, llevando de la cuerda su mejor ternero.—Andrйs, їadуnde vas con el cuxo? Feria hoy no la hay.—їQuй feria, ni feria, seсor abad?—їPues entуnces—seсor abad, por el alma de quien le pariу no diga nada. Es para ese condenado de Lobeiro, que me lo mandу a pedir, y si no lo entrego me arruina, acaba conmigo, y hasta muero avergonzado en la cбrcel.—Y el pobre hombre, cuando me lo decнa, tenнa los ojos como dos tomates, encarnizados de llorar. ЎYa comprende usted lo que es para el labriego su ganado! Dar aquel ternero, era en plata dar las telas del corazуn.

Sуlo una cosa estaba segura con Lobeiro: la honra de las mujeres: y no por virtud, sino porque no cojeaba de ese pie. Algunos de sus satйlites, en cambio, bien se desquitaban. їQue si tenнa satйlites? ЎMadre querida! Una hueste organizada en toda regla. Usted no dejarб de recordar que cuando apareciу en un monte el mayordomo del marquйs de Ulloa, hace ya algunos aсos, seco de un tiro, todo el mundo dijo que lo habнa mandado matar el cacique Barbacana, y que el instrumento fuera un bandido llamado el Tuerto de Castrodorna, que lo mбs del tiempo se lo pasaba en Portugal huyendo de la justicia. Pues esa joya la heredу Lobeiro, sуlo que mejorу el procedimiento de Barbacana, y en vez de un forajido solo, reclutу una cuadrilla perfectamente organizada, con su santo y seсa, sus consignas, su secreto, sus estratagemas y su tбctica, para verificar sus sorpresas de un modo expeditivo y seguro. Nosotros tenнamos esperanzas de que, al acabarse las trifulcas revolucionarias y las guerras civiles, mejorarнa el estado del paнs y se afianzarнa la seguridad personal. ЎBusca seguridad! ЎBusca mejoras! Lo mismo o peor anduvieron las cosas desde la restauraciуn de Alfonso, y si me apuran, digo que la Regencia vino a darnos el cachete. Antes, unos gritaban: ЎViva esto! los otros: ЎViva aquйllo! que repъblica, que don Carlos. Eran ideas generales, y parece que se tomaban con menos saсa entre unos y otros. Hoy estamos a quiйn gana las elecciones, a quiйn se hace бrbitro de esta tierra. y todos los medios son buenos, y caiga el que cayere. Total, como decimos aquн: salgo de un soto y mйtome en otro. pero mбs obscuro.

Como нbamos contando, la pandilla de Lobeiro empezу a ser el terror del paнs. Tan pronto veнamos llamas. їquй ocurre? Pues que le queman el pajar, y el alpendre, y el hуrreo, y la casa misma al Antуn de Morlбs o al Guillermo de la Fontela. Tan pronto aparece derrengado, molido a palos, uno que no se quiso someter a Lobeiro en esto o en lo de mбs allб. y cuando le preguntan quiйn le puso asн, responde una mentira: que rodу de un vallado o se cayу de una higuera cogiendo higos. seсal de que si revela la verdad, sentenciado estб a pena mбs grave. Por ъltimo, un dнa se nota la desapariciуn de cierto sujeto, un tal Castaсeda, alguacil; ni visto ni oнdo, como si se evaporase. La voz pъblica (muy bajito) susurra que ese hombre le estorbaba a Lobeiro o se le habнa opuesto en un amaсo muy gordo. Se espera una semana, dos, tres, que parezca el cadбver, o el vivo, si vivo estб aъn; nada. La viuda hace registrar el Avieiro, incluso el pozo grande; mira debajo de los puentes, recorre los montes. Ni rastro. Igual que si se lo hubiese tragado la tierra. Y probablemente asн serнa. ЎUn hoyo es tan fбcil de abrir!

Este Castaсeda tenнa un sobrino, muchacho templado, como que allб en sus mocedades proyectara dedicarse a la carrera militar, y luego, por no separarse de su madre, que ya iba vieja, y de una hermana jovencita, prefiriу quedarse en el paнs y vivir cuidando unos bienecillos que le correspondнan de su hijuela, y de los de la hermana y la madre. El era un medio seсor y medio labrador, y en el paнs, como todo el mundo tiene su apodo, le conocнan por el de Cristo. їDice usted que un novelista de Francia llama asн a uno de sus personajes? Pues mire, ese de fijo lo inventarб: yo no; tan cierto es, como que usted estб ahн sentada y yo refiriйndole este caso. En el apodo—atienda usted bien—estб mucha parte del intrнngulis de mi historia. їQue por quй le pusieron ese alias? No lo sй a derechas; creo que por parecerse a un Cristo muy grande y muy devoto que se venera en el santuario de Boбn.

De modo que el bueno de Cristo, no bien supo la desapariciуn de su tнo Castaсeda, no se callу como los demбs, como la misma infeliz viuda, que temblaba que despuйs de suprimirle al marido le pegasen fuego a la casita y la echasen en sus ъltimos aсos a pedir limosna. En las ferias y en las romerнas, en el atrio de la iglesia y en la botica de Cebre, el muchacho alzу la voz cuanto pudo, clamando contra la tiranнa de Lobeiro y diciendo que el paнs tenнa que hacer un ejemplo con йl; cazarlo lo mismo que a un lobo para que escarmentasen los lobos que se estaban criando en la madriguera, dispuestos a devorarnos. Decнa que estas cosas no suceden sino en el paнs que las sufre; que donde los hombres tienen bragas, no se conciben ciertos abusos; que en Aragуn o Castilla ya le habrнan ajustado a Lobeiro la cuenta con el trabuco o la navaja; que si el cacique se le ponнa delante, йl, aunque se perdiese y dejase desamparadas madre y hermanita, era capaz de arrancarle los dientes a la fiera. Al pronto le oнan asustados; pero como todo se pega, y el valor y el miedo, en particular, son contagiosos lo mismo que el cуlera, iba formбndose alrededor de Cristo un nъcleo de gente que le daba la razуn, diciendo que por todos los medios habнa que descartarse de Lobeiro y conjurar aquella plaga. Los gallegos no somos cobardes, Ўquiб! Lo que nos falta a veces es la iniciativa del valor. Necesitamos uno que empiece, y Ўzбs! allб seguimos de reata. Cristo iba sumando voluntades, y conforme pasaba tiempo y veнan que de hablar asн no se le originaba perjuicio alguno, la algarada crecнa, y el cacique, intimidado, en nuestro concepto, por haber encontrado al fin quien le presentase la cara, andaba mansito y derecho; como que pasaron mбs de tres meses sin sabйrsele ninguna fechorнa mayor.

El dнa de la feria grande de Arnedo, que es allб por el mes de Abril, en Pascua, volvнa yo a mi parroquia, despuйs de pasar el rato bebiendo un poco de Tostado y comiendo unas rosquillas, cuando a poca distancia del pueblo empareja con mi mula la yegьecilla de Ramуn Limioso (usted le conoce); el seсorito del Pazo, un caballero cumplidнsimo, y me pregunta lo mismito que yo le pregunto a usted:—Y Cristo, їle ha visto usted en la feria?—їCristo? No. No lo encontrй. por ninguna parte.—їTampoco en el mesуn?—Tampoco.—їA quй horas vino usted?—Tempranito: a las siete ya andaba yo en Arnedo.—їSabe que me choca?—їY por quй ha de chocarle?—Porque estбbamos citados: йl querнa deshacerse de su jaco, y yo le vendнa mi toro, o se lo cambalachaba; segъn.—ЎBah! Cristo es un rapaz todavнa; aъn no cumpliу los treinta. Ўsabe Dios por dуnde anda a estas horas!—No, Eugenio; pues yo le digo que me choca; que me escama.—Aun vendrб, hombre. Son las tres, y hasta las seis o siete de la tarde no se deshace la feria.

Ramуn Limioso meneу la cabeza, y volviу grupas hacia Arnedo. Ni me acordй mбs del asunto, hasta que a las veinticuatro horas me llegу el primer rum rum de la desapariciуn de Cristo. El mismo misterio que en lo de su tнo Castaсeda; ni rastro del muchacho por ninguna parte. La madre andaba como loca, pregunta que te preguntarбs, de casa en casa; la hermana salнa de un ataque nervioso para caer en un sнncope; la justicia local, como de costumbre, se lavaba las manos—imposible parece que asн y todo las tenga tan puercas—y del chico, ni esto. Por fin, al cabo de una semana, lo que es aparecer, apareciу. їPero dуnde? Metido en un hуrreo, hecho una lбstima, en descomposiciуn. Son pormenores horribles; bueno, se trata de que se imponga usted de cуmo la cosa ocurriera. Yo vi el cadбver y me convencн de que no habнa exageraciуn ninguna en lo que se refiriу despuйs. Debнan de haberle atormentado mucho tiempo, porque estaba el cuerpo hecho una pura llaga: a mн se me figura que lo azotaron con cuerdas, o que lo tundieron a varazos: las seсales eran como rayas o surcos en el pellejo. Para acabarlo le dieron un corte asн en la garganta. El rostro, desfiguradнsimo; sуlo una madre—Ўpobre seсora!—conoce y se arroja a besar un rostro semejante.

Sн, estoy conforme: es una infamia, un crimen que clama al cielo, lo que usted guste. Pero usted tambiйn va a convenir conmigo. Tambiйn va a decir que todo ello es moco de pavo en comparaciуn del ъltimo refinamiento salvaje, de que no tiene noticia aun. Porque matar, atormentar, se llama asн, atormentar y matar y se acabу; їcуmo se llama el escarnio, la befa mбs inconcebible, el reto a Dios, que consiste en lo siguiente: elegir, para dar tal gйnero de muerte a ese hombre que la gente apodaba Cristo. elegir. їquй dнa del aсo piensa usted?

ЎEl Viernes Santo!

—Pecador soy como el que mбs—prosiguiу el pбrroco de Naya con la voz y el gesto transformados por una seriedad profunda;—pecador soy, indigno de que Dios baje a estas manos; no tengo vocaciуn de santo como el cura de Ulloa, ni me gusta echar sermones con requilorios como el de Xabreсes; pero en semejante ocasiуn, al enterarme de la monstruosidad, no sй quй hormigueo me entrу por el cuerpo, no sй quй vuelta me diу la sangre ni quй luminarias me danzaron delante de los ojos. que, vamos, al pino mбs alto del pinar de Morlбn me subirнa para gritar: Ўmaldiciуn y anatema sobre Lobeiro!—ЎLa plбtica que les encajй a mis feligreses el domingo! Ni Isaнas. fuera el alma.—Con un arrebato que aun hoy me asombra, les dije que Dios, al parecer, se hace el sordo y el ciego, pero es como quien toma carrera para saltar mejor; que ningъn crimen queda impune; que la sangre de Abel siempre grita venganza, y que me creyesen a mн, que a fe de Eugenio, nadie se quedarнa sin su merecido, y por medios inescrutables, pero seguros, cuando estuviese mбs descuidado. «Quien fosa cava, en ella caerб», me acuerdo que gritй como un energъmeno. Por supuesto que era hablar por no callar: tanto sabнa yo del castigo dichoso, como de la primer camisa que vestн: sуlo que en aquel entonces de veras me parecнa que asн iba a suceder, que Lobeiro estaba emplazado, y que la inspiraciуn hablaba por mi boca. Spiritus ejus in ore meo.

Poco a poco se fuй acallando el rebumbio del asesinato de Cristo. La madre y la hermana, convertidas en dos sombras, flaquitas y de riguroso luto, fueron el ъnico recuerdo que quedу de la tragedia. En la gente siempre fermentaba el odio contra el cacique; pero lo comprimнa el temor. Es de advertir que por entonces los de Lobeiro cayeron, y necesariamente el maldito, no teniendo la sartйn por el mango, se reportу en sus exacciones y sus iniquidades. El paнs respirу unas miajas. El bando de Trampeta aleteу. Lobeiro, en el interregno, se dedicу a una ocupaciуn pacнfica: reconstruir su casa, que era muy vieja, y ya mezquina para las exigencias de su nueva posiciуn; porque la fortuna del cacique habнa crecido mucho, y su mujer, amiga de lujos, de comilonas y de tirar de largo, le metiу en la cabeza hacer vivienda nueva y la verdad, con todos los perendengues: dos pisos de piedra sillar, magnнfica; ventanas con unas rejas imponentes: puerta como la de un castillo: su gran escalera, su sala de recibir, su cocina hermosнsima. ЎUna casa para Orense! En el paнs se hablaba mucho de tal edificio, y de la seguridad que ofrecнa, y de las precauciones que revelaba aquel modo de edificar—, precauciones debidas a los muchos enemigos que tenнa el cacique.

Enemigos, a miles se le podнan contar; y sin embargo, como el hombre se mantenнa agachado, nadie se metнa con йl, temeroso de despertarle. El gran alboroto fuй el que se armу cuando de repente, sin que lo barruntбsemos ni poco ni mucho, se volcу la tortilla y subiу nuevamente al poder el partido de Lobeiro.

ЎMadre mнa! el terror que cayу sobre nosotros! Lobeiro otra vez mandando, rey otra vez de la comarca; otra vez a su disposiciуn la hacienda, la tranquilidad, la vida de todos; otra vez los cadбveres en los hуrreos o en el fondo del Avieiro o en un hoyo profundo, allб por las asperezas de algъn pinar! їQuiйn respirar? їQuiйn dormirнa tranquilo? їQuiйn estaba seguro de no perecer martirizado?

Usted se va a reir si le digo una cosa. No, no se reirб: al contrario: se harб cargo mejor que nadie, porque tiene costumbre de considerar estas singularidades propias de la naturaleza humana.—El miedo, a veces, es el mejor agente del valor. Sн: por miedo se verifican actos de heroнsmo: por desesperaciуn se realizan acciones que en estado normal nos ponen los pelos de punta. Una persona que se ve rodeada de llamas, o teme que el incendio se propague y la pille encerrada en una habitaciуn y el humo la asfixie, no se encomienda a Dios ni al diablo para arrojarse de un quinto piso a la calle, aunque se estrelle. Con esto quiero decir cуmo, a las gentes de Cebre y sus cercanнas, el propio terror de caer en las uсas de Lobeiro les infundiу una determinaciуn tremenda, adoptada con cautela tal, que todo lo hicieron en el mismo silencio y uniуn que cuenta usted que profesan los nihilistas rusos. Verб, verб cуmo ocurriу la cosa.

Llegado el dнa de la fiesta de la Virgen en el santuario de Boбn, fuн yo allб convidado por el cura, que es amigo. Se reuniу una muchedumbre, que era aquello un hormiguero: hubo sus cohetes, sus gaitas, sus bailes, sus calderadas de pulpo y su tonel de mosto: lo que sabe usted que nunca falta en tales romerнas. Tambiйn andaban algunas seсoritas muy emperifolladas dando vueltas y luciendo los trapitos flamantes: y la mбs bonita de todas, Micaeliсa, que paseaba con la madre por debajo de los robles, hecha un sol de guapa. Acababa de cumplir los trece aсos: se conoce que estrenaba vestido, y no cabнa en sн de contenta: el vestido era blanco, con lazos color de rosa, precioso, de seda riquнsima, un disparate para una chiquilla asн. La madre: «Micaeliсa, no te arrugues»—por aquн—y «Micaeliсa, no te manches», por allб; y la criatura, al principio, respetando mucho la gala; pero, ya se ve, luego se cansу de guardarle miramientos al vestido majo, y vino disparada a tirarme del balandrбn. «Eugenio, їcorremos?» Al principio fuй a remolque; pero al fin. este pнcaro genio gaitero que tengo yo. me hizo la rapaza pegar mil carreras por aquellas cuestas abajo, riendo como locos. Y cuidado que me daba no sй quй por el cuerpo ver a Lobeiro allн, a dos pasos, con sus manos donde yo sabнa que habнa manchas de sangre fresca.

El diantre del cacique, cuando me viу tan divertido con la hija, me llamу aparte, y sin mirarme una vez siquiera, me dijo: «Hombre, Eugenio, hбgame un favor: convenza a mi mujer y a la chiquilla de que va a estar muy bien Micaela en el colegio de Orense.»

—їY usted se separa de ella?—preguntй con asombro.

—Sн, hombre. Cosas que uno hace porque no tiene remedio—, contestу йl muy encapotado y a media habla.

Asн que la familia de Lobeiro y los adlбteres que siempre le escoltaban se retiraron de la romerнa, le preguntй al cura de Boбn, extraсбndome de la idea de enviar a Orense la chiquilla, cuando precisamente era el encanto de su padre. Boбn me diу una explicaciуn plausible:—«Eso lo hace por no exponer a la chiquilla a un fracaso. Lo tienen amenazado de muerte, y veinte veces ya le avisaron de que su casa ha de arder. Y aunque йl dice que conforme la construyу no es tan fбcil pegarle fuego, no quiere tener aquн a Micaeliсa, porque recela alguna barbaridad.»—Ya verб usted, seсora, cуmo efectivamente, no ardiу la casa de Lobeiro.

Yo dormн en la rectoral de Boбn aquella noche. Se habнa empinado y manducado muy regular, de modo que el primer sueсo fuй de piedra. Estaba como una marmota, que si me sueltan un redoble de tambor en los mismos oнdos, no doy a pie ni a mano. Con que figъrese lo que serнa la explosiуn, para que me incorporase en la cama de un brinco.

ЎPuummm! ЎBooom! Nunca acababa de sonar. Yo a obscuras, a tientas, buscando las cerillas y gritando por el criado:—ЎEh! ЎAve Marнa Purнsima! ЎRosendo! Condenado, їduermes o quй haces? їSe cae la casa? ЎJesъs, Dios y Seсor, misericordia!

Por fin encendн el fуsforo, y cuando entrу Rosendo todo aturdido, en ropas menores, ya no pudo aguantar la risa. El muchacho todo se espantу.

—Sн, rнase, que es para reir. Seсor, no rнa, que es pecado. Estoy que se me arrepian las carnes.

—Pero, їquй hay? їquй demonios pasa?

—їY quiйn lo sabe, a no ser un brujo? Parece que se ha hundido mismamente el mundo todo de la tierra.

Escuchй. Nada, silencio. Salн a la ventana. Ni seсal de cosa alguna. Me sentй: estaba sano y bueno. El cura de Boбn andaba por allн aturdido, dando vueltas. Nos pusimos a hacer comentarios. Nadie se quiso volver a la cama. Cada uno decнa su cosa, cuando Ўtras, tras! a la puerta. Al seсor cura de Boбn, que vaya a dar los santos уleos y a confesar a Lobeiro, que se muere. Boбn estб a medio cuarto de legua de la casa de Lobeiro. El que traнa el recado nos enterу de todo.

Mientras Lobeiro y su hija y sus satйlites estaban de parranda, con mucho tiento, al pie del balcуn mayor, habнan depositado veintisйis cartuchos de dinamita—lo bastante para volar una fortaleza—y su mecha correspondiente. Hecho esto, retirбronse con tranquilidad, pie ante pie. A la noche, recogida ya la familia, alguien cogiу el cabo de mecha, le prendiу fuego y se apartу con mucha calma. De los veintisйis cartuchos, sуlo diez o doce se inflamaron. Pero fuй todo lo preciso.

No salvу alma viviente. Entre los escombros de la casa yacнan el cadбver de la mujer de Lobeiro, el tronco mutilado del criado y el cuerpo de Micaeliсa, muerta como una paloma, con sangre en las sienes, tendida al lado de su padre. El lobo aъn vivнa; fuй el ъnico que no pereciу en el acto. Antes de expirar, tuvo una hora larga de contemplar a su oveja difunta. Digan lo que quieran los sabios esos del materialismo. ЎRetaco! Yo juro que hay Dios, y un Dios que castiga sin palo ni piedra. Con dinamita; corriente. ЎCon lo que sale!

El sencillo Don Rafael

CAZADOR Y TRESILLISTA

EL SENCILLO DON RAFAEL

CAZADOR Y TRESILLISTA

Sentнa resbalar las horas, hueras, aйreas, deslizбndose sobre el recuerdo muerto de aquel amor de antaсo. Muy lejos, detrбs de йl, dos ojos ya sin brillo entre nieblas. Y un eco vago, como el del mar que se rompe tras la montaсa, de palabras olvidadas. Y allб, por debajo del corazуn, susurro de aguas soterraсas. Una vida vacнa, y йl sуlo, enteramente sуlo. Sуlo con su vida.

Tenнa para justificarla nada mбs que la caza y el tresillo. Y no por eso vivнa triste, pues su sencillez heroica no se compadecнa con la tristeza. Cuando algъn compaсero de juego, despreciando un solo, iba a buscar una sola carta para dar bola, solнa repetir Don Rafael que hay cosas que no se debe ir a buscar: vienen ellas solas. Era providencialista; es decir, creнa en el todopoderнo del azar. Tal vez por creer en algo y no tener la mente vacнa.

—їY por quй no se casa usted?—le preguntу alguna vez con la boca chica su ama de llaves.

—їY por quй me he de casar?

—Acaso no vaya usted descaminado.

—Hay cosas, seсora Rogelia, que no se debe ir a buscar: vienen ellas solas.

—ЎY cuando menos se piensa!

—ЎAsн se dan las bolas! Pero, mire, hay una razуn que me hace pensar en ello.

—La de poder morir tranquilo ab intestato.

—ЎVaya una razуn!—exclamу el ama, alarmada.

—Para mн la ъnica valedera—respondiу el hombre, que presentнa no valen las razones, sino el valor que se las da.

Y una maсana de primavera, al salir con achaque de la caza, a ver nacer el sol, un envoltorio en la puerta de su casa. Encorvуse a mejor percatarse, y de dentro, un ligerнsimo susurro como de cosas olvidadas. El rollo se removнa. Lo levantу; estaba tibio; lo abriу: era una criatura de horas. Quedуse mirando, y su corazуn parecнa sentir, no ya el susurro, sino el frescor de sus aguas soterraсas. ЎVaya una caza que me ha deparado el destino!, pensу.

Volviуse con el envoltorio en brazos, la escopeta a la bandolera, subiendo las escaleras de puntillas para no despertar a aquello, y llamу quedamente varias veces.

—Aquн traigo esto—le dijo al ama de llaves.

—Lo dejaron a la puerta de la calle.

—їY quй hacemos con ello?

—Pues. їquй vamos a hacer? Bien claro estб, Ўcriarlo!

—ЎPero estб usted en su juicio, seсorito! ЎLo que hay que hacer es dar parte al juez, y en cuanto a eso, al Hospicio con ello!

—ЎPobrecillo! ЎEso sн que no!

—En fin, usted manda.

Una madre vecina le prestу caritativamente las primeras leches, y pronto el mйdico de Don Rafael encontrу una buena nodriza: una chica soltera que acababa de dar a luz un niсo muerto.

—Como nodriza, excelente—le dijo el mйdico—, y como persona, ya ves, un desliz asн puede ocurrirle a cualquiera.

—A mн no—contestу con su sencillez caracterнstica Don Rafael.

—Lo mejor serнa—dijo el ama de llaves—que se lo llevase a su casa a criarlo.

—No—replicу Don Rafael—, eso tiene graves peligros; no me fнo de la madre de la chica. Aquн, aquн, bajo mi vigilancia. Y no hay que darle disgustos a la chica, seсora Rogelia, que de ello depende la salud del niсo. No quiero que por una sofoquina de Emilia pase el angelito un dolor de tripas.

Era Emilia, la nodriza, de veinte aсos, alta, agitanada, con una risa perpetua en los ojos, cuya negrura realzaba el marco de йbano del pelo que le cubrнa las sienes como con dos esponjosas alas de cuervo, entreabiertos y hъmedos los labios guinda, y unos andares de gallina a que el gallo ronda.

—їY cуmo va a bautizarle usted, seсorito?—le preguntу la seсora Rogelia.

—Pero, їestб usted loco?

—їY si maсana, por esa medalla que lleva y esas contraseсas, aparecen sus verdaderos padres.

—Aquн no hay mбs padre ni madre que yo. Yo no busco niсos, como no busco bolas; pero cuando vienen. soy libre. Y creo que esta del azar es la mбs pura y libre de las maternidades. No me cabe la culpa de que haya nacido, pero tendrй el mйrito de hacerle vivir. Hay que creer en la Providencia siquiera por creer en algo, que eso consuela, y ademбs asн podrй morir tranquilo ab intestato, pues ya tengo quien me herede forzosamente.

La seсora Rogelia se mordiу los labios, y cuando Don Rafael hizo bautizar y registrar al niсo como hijo suyo diу que reir a la vecindad y a nadie que sospechar malicia alguna: tan conocida era su transparente ingenuidad cotidiana. Y el ama de llaves tuvo, mal de su grado, que avenirse y concordar con el ama de leche.

Ya tenнa Don Rafael algo mбs en quй pensar que en la caza y el tresillo; ya estaban sus dнas llenos. La casa se le llenу de una vida nueva, luminosa y sencilla. Y hasta perdiу alguna noche el sueсo y el descanso paseando al nene para callarlo.

—Es hermoso como el sol, seсora Rogelia. Y tampoco hemos tenido mala suerte con el ama, me parece.

—Como no vuelva a las andadas.

—De eso me encargo yo. Serнa una picardнa, una deslealtad: se debe al niсo. Pero, no, no; estб desengaсada del zanguango de su novio, un bausбn de marca mayor a quien ya aborrece.

—No se fнe usted. no se fнe usted.

—Y a quien voy a pagarle el pasaje a Amйrica. Y ella es una pobrecilla.

—Hasta que vuelva a tener ocasiуn.

—ЎDigo que lo evitarй!

—Pues como ella quiera.

—ЎAh, en cuanto a eso sн! Porque si he de decirle a usted la verdad, la verdad es que.

—Sн, me la supongo.

—ЎPero, ante todo, respeto a mi hijo!

Emilia nada tenнa de lerda y estaba deslumbrada con el rasgo heroicamente sencillo de aquel solterуn semidurmiente. Encariсуse desde un principio con el crнo como si fuese su madre misma. El padre putativo y la nodriza natural pasбbanse largos ratos, a sendos lados de la cuna, contemplando la sonrisa del sueсo del niсo cuando йste hacнa como que mamaba.

—ЎLo que es el hombre!—decнa Don Rafael.

Y cruzбbanse sus miradas. Y cuando teniйndole ella, Emilia, en brazos, iba йl, Don Rafael, a besar al niсo, con el beso ya preparado en la boca rozaba casi la mejilla de la nodriza, cuyos rizos de йbano le afloraban la frente, al padre. Otras veces quedбbase contemplando alguno de los dos mellizos blancos senos, turgentes de vida que se da, con el serpenteo azul de las venas que del cuello bajaban, y sostenido entre los ahusados dedos нndice y corazуn como en horqueta. Doblбbase sobre йl un cuello de paloma. Y tambiйn entonces le entraban ganas de besar al hijo, y su frente, al tocar al seno, hacнalo temblotear.

—ЎAy, lo que siento es que pronto tendrй que dejarte, sol mнo!—exclamaba ella, apretбndolo contra su seno y como si le entendiera.

Callбbase a esto Don Rafael.

Y cuando le cantaba al niсo, abrazбndole, aquella vieja canturria paradisнaca que, aun transmitiйndosela de corazуn a corazуn las madres, cada una de йstas crea e inventa de nuevo, eternamente nueva poesнa, siendo la misma siempre, la ъnica, como el sol, traнale a Don Rafael como un dejo de su niсez olvidada en las lontananzas del recuerdo. Balanceбbase la cuna y con ella el corazуn del padre al azar, y mecнasele aquel canto.

con el susurro de las aguas de debajo de su corazуn.

La Voz de la Conseja Selecciуn de las mejores novelas breves y cuentos de los mбs esclarecidos literatos. Recopilaciуn hecha por E m i l i o C a r r и r e Firmas del tomo ]]>